Agujetas en las alas reúne 88 microrrelatos ilustrados en los que Dani Rovira condensa, en apenas unas líneas, una idea capaz de darle la vuelta a lo que creíamos entender.
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Agujetas en las alas reúne 88 microrrelatos ilustrados en los que Dani Rovira condensa, en apenas unas líneas, una idea capaz de darle la vuelta a lo que creíamos entender. Amor, miedo, memoria, humor y asombro conviven en piezas brevísimas que juegan con el lenguaje, tuercen los refranes y los cuentos de siempre, y devuelven al lector una mirada más curiosa sobre lo ordinario. Un libro para leer a saltos, releer y quedarse pensando.
Hay libros que se leen de un tirón y libros que se leen a mordiscos. Agujetas en las alas pertenece a la segunda especie: ochenta y ocho historias mínimas, algunas de tres líneas, que caben en el hueco de una espera y sin embargo se quedan dando vueltas mucho después. Dani Rovira las escribe con la naturalidad de quien lleva la vida entera contando cosas —sobre un escenario, ante una cámara, en una sobremesa— y aquí decide hacerlo por escrito, en el formato más exigente que existe: aquel en el que no sobra ni una palabra.
El procedimiento es sencillo de describir y difícil de ejecutar. Cada pieza toma un elemento reconocible —una almohada, un gato negro, un pastor contando ovejas, las perdices del final feliz, un genio de lámpara, una piedra con la que se tropieza siempre— y lo gira un cuarto de vuelta. Basta ese giro para que el tópico se rompa y aparezca algo distinto debajo: ternura donde esperábamos el chiste, ironía donde esperábamos el consuelo, una punzada donde solo había un juego de palabras. El humor no es aquí un adorno ni una coartada; es el instrumento con el que se abre la caja.
El amor recorre el libro en todas sus temperaturas: el encuentro improbable, la convivencia doméstica, la geometría de los cuerpos que solo encajan abrazados, el desamor traducido a partes meteorológicos, la ausencia que se instala y ya no se va. A su lado aparecen el miedo —el de los monstruos debajo de la cama y el de perder aquello que se tiene—, la identidad y sus extravíos, la infancia mirada sin nostalgia impostada, la soledad de quien silba igualmente. Y, entre medias, la actualidad se cuela sin avisar: un padre que vuelve del trabajo y un hijo que llora al otro lado de una puerta, una carta a los Reyes Magos que pide trabajo antes que juguetes. Son los momentos en que el libro deja de sonreír y se limita a mirar.
La tradición está a la vista y el autor no la esconde: la greguería y su ingenio relampagueante, la fábula puesta del revés, el aforismo que se permite un chiste, la literatura clásica convocada de refilón —Quijote, Godot, Gulliver, un cisne que no acaba bien— para ser desmontada con cariño. Las ilustraciones que acompañan al texto no explican nada: prolongan el gesto, dejan aire alrededor de cada historia y marcan el ritmo de lectura.
El título nombra la propuesta con exactitud. Volar deja marca, y esa marca es la prueba de que se ha volado. Agujetas en las alas es un libro sobre el envés de las cosas, sobre lo que hay al otro lado de lo evidente cuando alguien se detiene el tiempo suficiente para mirarlo. Se puede empezar por cualquier página, abandonarlo y retomarlo, leerlo en voz alta o regalarlo abierto por la historia que a uno le tocó. Funciona igual de bien para un lector adulto que para uno joven, y probablemente mejor si los dos lo leen a la vez y discuten qué han entendido.
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