En la orilla de un río teñido de sangre, una joven cheyene de cabellos dorados encuentra malherido a un explorador blanco y, sin saberlo, altera el destino de toda su tribu.
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En la orilla de un río teñido de sangre, una joven cheyene de cabellos dorados encuentra malherido a un explorador blanco y, sin saberlo, altera el destino de toda su tribu. Mientras los tambores convocan al consejo y un emisario de Sitting Bull presiona por la guerra, el mensaje que ese hombre trae puede inclinar la balanza hacia la paz. Pero alguien dentro del propio poblado quiso silenciarlo antes de que hablara, y ese alguien tiene sus propias razones para desear que corra la sangre.
Una mañana cualquiera en la pradera se quiebra cuando Nube Dorada, nieta del anciano jefe cheyene Castor Sabio, baja al río a llenar sus cántaros y descubre que las aguas vienen teñidas de rojo. Rastreando la corriente encuentra a un hombre tendido en la orilla, medio cuerpo dentro del agua: es Chuck Young, el explorador al que los cheyenes llaman Cabello Amarillo, apuñalado por la espalda y a punto de desangrarse. Que conserve la cabellera intacta es el primer indicio de que su agresor no fue un indio, y también la primera señal de que el ataque respondía a un plan más frío que el odio.
Durante tres días la joven lo cuida en un wigwam mientras el poblado se llena de tambores. La razón es grave: Sitting Bull ha declarado la guerra a los blancos y ha enviado emisarios a las tribus vecinas. Cazador de Pumas, guerrero sioux, ya está entre los cheyenes reclamando una respuesta, y encuentra eco en Buitre Loco, hijo del segundo jefe, un hombre ambicioso cuyo ascenso depende precisamente de que estalle el conflicto. Frente a ellos, Castor Sabio defiende el tratado firmado dos años atrás y se niega a decidir solo lo que corresponde al consejo.
Cuando despierta, el explorador expone el mensaje del coronel Dickinson, comandante del Fuerte Strong: la guerra no devolverá la pradera a nadie, y la derrota costaría a los cheyenes sus mejores hombres y nuevas cesiones de tierra. El consejo delibera entre clamores, y la resolución que emerge deja a Cabello Amarillo con vida, pero no lo pone a salvo. Castor Sabio le confía algo más inquietante que la votación: sus guerreros jóvenes están apareciendo ebrios y armados con rifles de repetición que ninguna tribu fabrica. El rastro de ese tráfico —alcohol y armas modernas cambiadas por la promesa de una guerra— apunta a Torrentville, y con él la sospecha de que hay blancos interesados en encender la pradera.
En paralelo, una segunda historia crece en voz baja. Nube Dorada, de ojos verdes y piel clara, criada como cheyene pero distinta a todos, no oculta bien lo que siente por el explorador; Buitre Loco, que pidió su mano y fue rechazado, tampoco oculta lo que siente por él. Un espía escucha desde el otro lado del cuero de la tienda, y lo que oye no se pierde. Herido todavía, sin fuerzas para levantar el brazo izquierdo, Chuck decide partir de noche hacia el fuerte con un caballo ensillado entre los árboles, provisiones en las alforjas y una promesa de regreso a medias.
Relato de frontera de corte clásico, construido con los materiales del western tradicional —consejos tribales, emisarios, traiciones internas, la amenaza permanente de una guerra que conviene a unos pocos—, la obra avanza sobre una tensión doble: la política, donde la paz se sostiene en el hilo de un solo mensajero, y la íntima, donde un afecto imposible se convierte en el mejor motivo para matar. El conflicto no se dirime entre indios y blancos, sino entre quienes ganan con la guerra y quienes tendrían que pagarla.
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