Tras dejar atrás la natación de alta competición, Beth Crowe empieza la universidad a una hora de tren de casa y descubre que la piscina vacía es el único lugar donde nadie le pide explicaciones.
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Tras dejar atrás la natación de alta competición, Beth Crowe empieza la universidad a una hora de tren de casa y descubre que la piscina vacía es el único lugar donde nadie le pide explicaciones. Fuera del agua la esperan una compañera de cuarto que lo comparte todo, un académico demasiado interesado en su apellido y la sombra larga de su abuelo, un poeta célebre que murió sin dejar nota. Una novela sobre la herencia como carga y como moneda, y sobre lo que cuesta desprenderse de una disciplina que ya forma parte del cuerpo.
Beth tiene la piscina para ella sola. Cuenta los largos, calcula los giros, sale con la piel tensa y la cabeza despejada: nada de entrenadores en el borde, nada de cronómetros, nada de la vieja obligación de mejorar. Volvió al agua el invierno pasado casi a escondidas, después de una interrupción brusca que nadie a su alrededor nombra del todo, y ahora nada porque quiere. El curso empieza en un campus frente al complejo deportivo, con un dormitorio estrecho y unos estantes vacíos que ella entiende como una promesa de empezar de cero.
Ese borrón dura poco. Sadie, la compañera de cuarto asignada, llena el apartamento de pósters, velas, pufs y películas ordenadas por año; también de preguntas. Basta con que descubra el apellido de Beth para que aparezca lo que la acompaña desde el instituto: su abuelo es Benjamin Crowe, poeta canónico, lectura obligatoria, autor de versos que otros recitan al oído de su nieta como si le pertenecieran menos a ella que a ellos. En el colegio esa herencia fue burla y sospecha de ventaja injusta; en la universidad se convierte de pronto en un valor añadido, en un tema de conversación, en una llave que otros quieren usar.
Alrededor de Beth se ordena una constelación familiar precisa y económica: Alice, la madre que perdió a su padre a los doce años y administra el duelo con silencios y aniversarios abandonados; Lydia, la abuela viuda que trabaja en la buhardilla, dicta ensayos sobre escritoras olvidadas y defiende el archivo del poeta de los académicos que olisquean una explicación total; Pearse, el padre entrenador, que aprendió el oficio para estar cerca de una hija que solo quería nadar. En el campus aparecen una vieja rival del club infantil, con la que Beth cree haber dejado de competir, y Justin Kelleher, especialista en la obra de Crowe, cordial, ambicioso y atento a la forma de una boca heredada.
Escrita con una prosa seca y observadora, la novela avanza por escenas breves —entrenamientos, sesiones de terapia, una presentación de libro en una galería de sótano, tardes de jerez bajo un techo inclinado— y deja que el peso caiga en lo que no se dice. Le interesan la dureza que el deporte enseña a llamar normalidad, la diferencia entre el duelo privado y el mito público, la manera en que una familia protege un vacío convirtiéndolo en costumbre, y la pregunta incómoda de a quién pertenece la memoria de un muerto famoso. Es también, en un registro más luminoso, un retrato de los primeros meses de la vida adulta: la amistad que se impone sin pedir permiso, la sospecha de estar fingiendo, el alivio físico de volver al agua y no tener que ganarle a nadie.
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