Novela histórica ambientada en la Alejandría del siglo IV, narrada por Davo, un esclavo comprado en el mercado por el filósofo Teón para servir a su hija, Hipatia.
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Novela histórica ambientada en la Alejandría del siglo IV, narrada por Davo, un esclavo comprado en el mercado por el filósofo Teón para servir a su hija, Hipatia. Desde ese lugar subalterno —de pie, en silencio, junto a la maestra— el joven asiste a las clases de astronomía y geometría, a las noches de mediciones en la azotea y al lento endurecimiento de una ciudad donde el decreto de Teodosio ha convertido una fe en la única legítima. Escrita muchos años después por un hombre ya libre pero prisionero de la culpa, es la crónica de una admiración que se vuelve amor imposible y de una violencia que el narrador se niega a dejar caer en el olvido.
Todo empieza en los puestos de venta de esclavos de Alejandría. Un hombre con toga de filósofo y canas en el pelo se detiene ante un muchacho de menos de quince años, pregunta si sabe leer y, al oír que no, le hace otra pregunta que ningún amo suele hacer: si le interesaría aprender. Así entra Davo en la casa de Teón, bibliotecario principal del museo, con un medallón nuevo en el cuello y la certeza deslumbrada de que su vida acaba de cambiar de eje.
La casa es extraña para alguien criado en el campo, al otro lado del lago Mareotis. Hay estanterías repletas de papiros, esferas armilares, cuadrantes, una clepsidra, figuras geométricas talladas en madera. Hay un estudio que pertenece a una mujer. Y hay una hija que viste la toga de los filósofos, no lleva joyas ni afeites, discute de tú a tú con los sabios que visitan la casa y calla a su padre con la sola fuerza de un argumento. Aspasio, el esclavo más viejo, enseña a Davo a leer y a comprar pescado, a regatear y a distinguir una premisa de una conclusión, porque servir a Hipatia exige entender lo que se dicta.
El relato avanza entre dos escenarios que se contaminan. Por un lado, el aula semicircular del museo, donde la maestra pregunta a sus alumnos —Orestes el atrevido, Sinesio el tímido, Herculiano— por qué no caen las estrellas y por qué sí cae un pañuelo de seda; la biblioteca circular de luz cenital; la azotea nocturna donde padre e hija miden distancias que no coinciden con las tablas heredadas y donde ella se atreve a sospechar que las premisas mismas podrían estar equivocadas. Por otro, la ciudad: el edicto de Tesalónica, los temores de Teón por el Serapeo, las predicciones de Olimpio, un obispado que todavía respeta y un futuro que ya se adivina hostil. Hipatia responde a la inquietud de su padre con una confianza casi obstinada en la tolerancia y en la separación entre el gobierno civil y el culto; el narrador, desde el futuro, deja caer que el tiempo dio la razón al viejo.
En medio, la voz de Davo sostiene el libro. Es la voz de quien aprende a mirar el cielo y descubre demasiado tarde que amar lo inalcanzable condena a no poseerlo nunca. Su devoción por Hipatia se mezcla con la envidia hacia los alumnos libres que pueden hablar en clase, con el dolor de oírse enumerado entre «personas, animales, esclavos y cosas», y con una impaciencia juvenil que él mismo señala como origen de un daño irreparable. No lo esconde: confiesa desde la primera página haber emponzoñado la fuente de la que bebía.
El resultado es a la vez novela de formación, retrato de una ciudad en el filo del cambio y elegía. Alejandría aparece con sus obeliscos y su faro, sus almacenes de cebada, un ágora donde se cruzan egipcios, judíos, griegos, romanos, sirios, libios, etíopes, persas, cilicios y escitas; y sobre todo con su promesa: la de que el saber podía liberar a los hombres de la peor esclavitud, la ignorancia. Contada por quien ocupaba el último lugar del orden aristotélico, la historia de Hipatia se convierte también en una pregunta incómoda dirigida a quienes se creen libres, y en un ejercicio deliberado de memoria contra el olvido de una muerte.