Novela de ciencia ficción de Angus MacVicar, traducida al español por SESEN con portada de GIRALT, narrada en primera persona por Jeremy Grant, joven científico australiano al servicio de la Comisión Lunar de las Naciones Unidas.
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Novela de ciencia ficción de Angus MacVicar, traducida al español por SESEN con portada de GIRALT, narrada en primera persona por Jeremy Grant, joven científico australiano al servicio de la Comisión Lunar de las Naciones Unidas. Cuando la colonia internacional instalada en Piazzi Smyth deja de responder y una transmisión rota pide auxilio hablando de «atmósfera celular» y de unas inexplicables «bestias de placer», Grant es reclutado junto a un periodista, un astrónomo y un ingeniero para una misión de rescate a la Luna cuyo peligro nadie sabe todavía nombrar.
Un prefacio firmado por el profesor Johannes K. van Leyden, jefe del Departamento de Astronomía del Instituto Científico para la Paz, presenta el relato como el primero de una serie de memorias escritas por Jeremy Grant, investigador espacial de las Naciones Unidas. El marco es deliberadamente documental: fechas, cargos, observatorios y teorías científicas se enumeran con la seriedad de un informe, y el propio prologuista se queja, medio en broma, del retrato caricaturesco que el autor hace de él.
La acción arranca en un Londres de futuro cercano donde la conquista del espacio ya se ha vuelto rutina. Grant, químico destinado en Dounreay, aprovecha un día libre para jugar al golf con su viejo amigo Jock MacDonald, redactor científico del Daily Gazette y autoproclamado primer periodista espacial del mundo. Jock habla sin descanso de una serie de erupciones volcánicas menores detectadas en la Luna, un fenómeno inédito que coincide, sospechosamente, con la llegada de los primeros colonos. Doce hombres de once países viven bajo una cúpula presurizada cerca de Piazzi Smyth, cultivan verduras en suelo lunar abonado, exploran en tractores y han identificado metales, uranio y hasta indicios de petróleo en el cráter de Platón. Desde hace veinticuatro horas, sin embargo, no llega ningún mensaje de allí.
Esa misma tarde, mientras prueban un flamante televisor en color, una voz atraviesa la señal del partido de críquet: pide ayuda, menciona una «atmósfera celular» y advierte del peligro de las «bestias de placer». Jock jura que es el brigadier Nicolson, jefe de la colonia. Horas después, Grant recibe una llamada de su superior y, a la mañana siguiente, embarca rumbo a México sin saber para qué.
En el avión conoce a sus compañeros de misión: Volotoff, diseñador checoslovaco de vehículos lunares; el exuberante Van Leyden, geógrafo de la Luna; el propio Jock, en calidad de cronista oficial; y Simón Hollister, un hombre pequeño, canoso y de autoridad inmediata, primer jefe del Departamento Especial de Investigación Espacial de la O.N.U. —algo así como el primer policía del espacio—. Hollister expone los hechos con frialdad de instructor: un grupo de reconocimiento equipado con un taladro atómico salió hacia Platón y no ha vuelto; dos de sus integrantes llevaban tiempo enfrentados a la política de Nicolson; y las erupciones podrían no ser naturales.
De ahí surge la hipótesis que da su tensión al libro: que bajo la corteza lunar, endurecida como una esponja, sobrevivan células que aún encierran aire, agua y gas del antiguo mundo selenita. Si eso es cierto, las nieblas del cráter de Platón tienen explicación, la perforación humana ha despertado algo dormido y la posibilidad de vida en la Luna deja de ser un disparate. La nave, capitaneada por el veterano Spike Stranahan, espera ya en México.
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