Un hombre elegante cae bajo un tren en una estación del metro de Toronto y todo apunta a un suicidio de trámite. Pero el muerto es George Harris, editor respetado y endeudado, y la periodista que lo entrevistó horas antes no cree ni por un…
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Un hombre elegante cae bajo un tren en una estación del metro de Toronto y todo apunta a un suicidio de trámite. Pero el muerto es George Harris, editor respetado y endeudado, y la periodista que lo entrevistó horas antes no cree ni por un segundo que se haya tirado a la vía. Primera novela de Anna Porter, esta es una intriga criminal canadiense que empieza en el andén y se adentra en el mundo del libro: los balances, las pujas y las vanidades de un oficio donde el prestigio y la quiebra conviven a diario.
Son las once y pico de una noche de lunes. John Hogg lleva veintitrés años conduciendo trenes y ha pedido el turno de noche por gusto; esta vez, al entrar en la estación de Roselade, lo siente antes de verlo: un crujido sordo, un zapato marrón contra el parabrisas, una mancha en el vidrio. Lo que sigue es un procedimiento aprendido de memoria —el freno de emergencia, la palanca que corta la corriente de las vías, la llamada al 555, la camilla, la tiza, el inventario de los bolsillos— ejecutado por gente que ya ha hecho esto otras veces y que mide su eficacia en minutos. Veintiuno o veintidós, calcula Hogg, casi con orgullo, mientras el tren vuelve a circular.
El inspector detective David Parr llega tarde y sin prisa, porque en un suicidio no hay mucho que hacer. Solo un detalle desentona: los zapatos del muerto son unos Gucci nuevos, con la suela casi sin usar. En la cartera empapada aparece un nombre, George Harris, sesenta años, domicilio a pocas calles de allí. Los seis testigos del andén no coinciden en nada esencial: uno leía el periódico, otro cree haberlo visto tambalearse y caer, una maestra jubilada oyó el golpe como una calabaza reventando y señala a la única persona que, según ella, sí lo vio todo y no piensa decir palabra.
A la mañana siguiente, con una resaca de treinta y ocho años recién cumplidos y una casa sin pan ni leche, Judith Hayes recibe la llamada de Parr. Es periodista, escribe para una revista un perfil de Harris y de su editorial, y fue la última persona que habló con él: dos horas de entrevista, treinta páginas de taquigrafía, un hombre optimista que planeaba una lista de treinta y cinco títulos para el otoño, un viaje a la convención de libreros y una conferencia con chistes ya preparados. Nada de eso encaja con un salto a la vía. Tampoco encaja el escenario: Harris tenía coche, volaba en primera incluso al borde de la bancarrota y jamás habría puesto un pie en el metro. Cuanto menos dinero tenía, más refinado se volvía.
Desde ahí la novela avanza en dos registros que se cruzan. Uno es policial y meticuloso: los reglamentos, los partes, las libretas, un inspector flaco y desaliñado que prefiere dar las malas noticias en persona y que archiva sus dudas en silencio. El otro es doméstico y profesional: una mujer de treinta y ocho años que redacta su testamento medio en broma, que sostiene una casa hipotecada y dos hijos adolescentes con mil quinientos dólares al mes, y que ahora tiene que terminar el artículo sobre un muerto para el número siguiente, mientras su redactor jefe le pide que no mencione la palabra suicidio. Al fondo asoma el negocio del libro tal como funciona de verdad: dos millones de deuda con el banco, subastas por teléfono que trepan de cincuenta mil a ciento veinte mil dólares en una tarde, editoras que llaman a marketing para poder seguir pujando.
El resultado es una intriga de tono realista y observación fría, ambientada en un Toronto reconocible —los andenes amarillos, las mansiones georgianas, las redacciones—, donde el enigma no se plantea como un acertijo sino como una incongruencia que nadie salvo Judith quiere mirar de frente. Un editor que no tenía por qué morir así, en un lugar donde no tenía por qué estar, y una investigación que empieza justamente en el punto en que el expediente oficial daba el caso por cerrado.