Diario en primera persona de una maestra de escuela infantil que recorre el curso escolar desde el nervioso primer día de adaptación hasta las fiestas que marcan el calendario, con humor, ternura y una defensa firme del primer ciclo de…
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Diario en primera persona de una maestra de escuela infantil que recorre el curso escolar desde el nervioso primer día de adaptación hasta las fiestas que marcan el calendario, con humor, ternura y una defensa firme del primer ciclo de infantil como etapa educativa.
Todo empieza a primeros de septiembre, antes de que suene el despertador. Una maestra de escuela infantil se viste con su uniforme, se hace la coleta bien apretada y llega al aula que ha preparado con esmero, sin decidir todavía si dejar los juguetes por el suelo para que los pequeños jueguen o guardarlos para causar buena impresión a las familias. En esa duda mínima cabe entero el libro: la tensión constante entre lo que se espera de una escuela infantil y lo que de verdad ocurre dentro de ella.
A partir de ahí, la narración avanza día a día. Llegan las primeras familias cargadas de pañales y mochilas, con más adultos que niños en el aula; llegan los llantos contagiosos, los nombres que se confunden —Alejandra y Adriana, Dani y David—, las botellas sensoriales rellenas de garbanzos por padres tan emocionados como si fuera su propio primer día, y una canción, el «Pica pollito», que sin proponérselo se convierte en el himno de la clase y en la banda sonora que la maestra se sorprende cantando de vuelta a casa en el coche. La adaptación se despliega jornada a jornada hasta el quinto día, cuando la coleta ya es media coleta despeinada y el rímel se pone mal mientras se lavan los dientes.
Superado septiembre, el relato cambia de marcha. Entran las rutinas y el trabajo propiamente dicho: la asamblea, los símbolos de identificación, los talleres de arte con cacao y papel kraft, la experimentación con trasvases de arena, la psicomotricidad vivenciada, el juego heurístico. Cada jornada se contabiliza en porcentajes de energía que descienden sin remedio hasta cerrar en números rojos, en un recuento tan cómico como revelador de todo lo que no se ve desde fuera: catorce pañales, catorce babis, dos platos en el suelo, el aula recolocada por vigésima vez y los boletines de evaluación pendientes.
Entre medias se abre paso una voz reflexiva. La autora repasa su propia formación —Piaget, Montessori, Freud, Reggio Emilia, Pikler, Aucouturier, Javier Abad— y confiesa lo equivocada que estaba al imaginarse maestra sentada en una silla repartiendo fichas. Reivindica el aprendizaje significativo y vivenciado, la autonomía del niño, comer con las manos antes que con cuchara, pisar charcos de verdad en lugar de dibujar la lluvia con líneas de puntos que ni caen ni mojan. Y se rebela contra una palabra que le rechina en los tímpanos: «guardería», con todo lo que arrastra de menosprecio hacia un ciclo donde suceden los primeros aprendizajes de una vida.
El último tramo recorre los días distintos, los que rompen la rutina y quedan en la memoria: la fiesta del otoño con castañeras y uvas pisadas, un Halloween cuyo podio de disfraces corona a un Chuky de camiseta a rayas y pelo naranja, el día de los derechos de los niños, la Navidad con su Belén colectivo y sus dulces amasados con mocos incluidos, el día de la Paz con instalación de post-it y suelta de globos, San Blas y una directora disfrazada de cigüeña que recoge chupetes lanzados desde lejos, el carnaval con pasacalles, la fiesta del pijama y un día de los abuelos inventado para llenar marzo.
Escrito en presente, con frases cortas y un humor que nunca se vuelve amargo, el libro tiene la textura de una agenda real: anotaciones tomadas al vuelo entre un cambio de pañal y una canción. Su afecto por los pequeños es evidente, pero no lo endulza todo; también deja constancia de la falta de personal, de los turnos, de la conciliación que no llega y del reconocimiento profesional que sigue pendiente. Un testimonio cercano sobre lo que significa acompañar a catorce criaturas de cero a tres años durante once meses, con dos brazos y muchas ganas.
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