En una ciudad del sur de Francia, a mediados de los años treinta, un psiquiatra a punto de cumplir setenta y dos años ha reducido lo que le queda de oficio a una cifra: el número exacto de conversaciones que lo separan del retiro.
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En una ciudad del sur de Francia, a mediados de los años treinta, un psiquiatra a punto de cumplir setenta y dos años ha reducido lo que le queda de oficio a una cifra: el número exacto de conversaciones que lo separan del retiro. Descuenta pacientes como quien tacha días, dibuja aves en su bloc mientras finge escuchar y evita, con método casi profesional, cualquier cosa que se parezca a implicarse. Contra su voluntad y por insistencia de su secretaria, acepta a Agathe Zimmermann, una joven alemana recién salida de un hospital psiquiátrico que no pide curarse, solo poder funcionar. Lo que empieza como un trámite hasta la jubilación se convierte en el último examen del médico sobre sí mismo.
El narrador de esta novela lleva medio siglo escuchando a otros y ha dejado de escucharse a sí mismo. Vive solo, cultiva islas de musgo en el jardín, mira la calle desde la ventana y ha convertido su trabajo en aritmética: si se jubila a los setenta y dos, le quedan cinco meses, veintidós semanas, ochocientas conversaciones. La cifra reaparece a lo largo del libro como un cronómetro moral —setecientas cincuenta y tres, seiscientas ochenta y ocho, quinientas veintinueve— y va midiendo no solo el tiempo que le resta, sino la distancia exacta a la que se mantiene de todo lo que podría conmoverlo.
Esa distancia se define desde la primera escena: una niña que juega a la rayuela bajo su ventana cae de un árbol, y el médico, doctor al fin y al cabo, se retira al fondo de la cocina y espera a que anochezca. La misma cobardía educada gobierna su consulta. Soporta las quejas inagotables de Madame Almeida convirtiéndola en caricatura sobre el papel; se queda mudo ante un paciente que acaba de enterrar a su mujer y solo acierta a prometerle que se le pasará; imagina una amistad completa con el vecino del piano sin cruzar nunca los doce metros que separan las dos verjas. Su secretaria, Madame Surrugue, reina inmóvil de la antesala, es la única presencia que se le impone.
Y es ella quien, desobedeciendo una orden explícita, abre un hueco en la agenda para Agathe Zimmermann: veinticinco años, alemana, casada, marcada por autolesiones y por un ingreso en el hospital de Saint Stéphane. Agathe no quiere fármacos ni internamiento; quiere hablar, y ha decidido que sea con él. Sesión tras sesión aparecen su neceser de niña que finge estar lleno y está vacío, el sueño de unos prismáticos que enfocan sus propias vísceras, el padre ciego que reparaba relojes que jamás había visto, la inscripción de un regalo de bautizo, un perfume que al médico le recuerda las manzanas asadas de su madre.
La narración en primera persona se ve interrumpida por los informes clínicos del doctor Durand, fechados en 1935: prosa administrativa, éter, hidrato de cloral, inmovilización, alimentación forzada. El contraste entre esos partes y las horas compartidas en el diván sostiene el pulso del libro. Novela sobre la vejez como extrañamiento del propio cuerpo, sobre la diferencia entre atender y acompañar, y sobre lo que ocurre cuando alguien decide, a destiempo, mirar de frente a una persona en lugar de esperar a que se agote la cuenta atrás.