Recién graduada en Arte y a punto de empezar su vida adulta en Europa, Sam Clairy conoce una noche de celebración a Liam Luge: atractivo, cortés y deliberadamente opaco sobre quién es y a qué se dedica.
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Recién graduada en Arte y a punto de empezar su vida adulta en Europa, Sam Clairy conoce una noche de celebración a Liam Luge: atractivo, cortés y deliberadamente opaco sobre quién es y a qué se dedica. Lo que parece un encuentro de verano se convierte en una relación intensa, marcada por el deseo, los gestos desmedidos y la sospecha creciente de que él sabe de ella mucho más de lo que admite. Una novela romántica adulta sobre la atracción como forma de entrega y de renuncia.
La novela abre con una imagen que funciona como advertencia: una mujer sostiene un sobre gastado de tanto releerlo, un estallido la alcanza y el relato se detiene ahí, en el umbral de algo irreparable. Solo después retrocede al principio, cuando esa misma mujer todavía tiene toda la historia por delante.
Sam Clairy acaba de terminar la universidad en París. Estudió Arte con una beca, tiene la cabeza puesta en los museos y una amistad ruidosa con Mila y su hermana Becca, que la arrastran a celebrar a un club de la Rue Lappe. Entre la multitud repara en un desconocido de ojos claros y presencia contenida; bailan sin apenas hablar y él desaparece con el amanecer, dejándole solo un nombre: Liam. Días más tarde, en unas vacaciones en la costa con Mila y con Max y Leo —dos amigos mayores que ejercen de hermanos protectores—, Liam reaparece como si nada fuera casual.
Lo que sigue es un cortejo desproporcionado y magnético: una cena frente al mar, un yate con tripulación que lo llama señor Luge, una isla reservada para ellos dos, un vestido elegido con una talla que él no debería conocer. Sam se deja llevar y a la vez toma nota. Liam responde a las preguntas sobre su familia y su trabajo con frases que cierran en vez de abrir; habla de asesorías, de viajes constantes, de un padre muerto y una madre que apenas recuerda. Cuando por fin explica su interés, lo hace con una fórmula que a ella la halaga y la inquieta a partes iguales: te quiero solo para mí. La intimidad entre ambos es física, urgente y descrita sin eufemismos —el libro se dirige a un público adulto—, pero el verdadero pulso de esas escenas está en quién concede y quién decide.
De vuelta a tierra firme, el relato recupera la vida que Sam sí controla. Viaja a Roma, se instala unos días con Max —ahora presentador de noticias—, recorre el Coliseo, el foro, la escalinata de la Plaza de España y la Fontana de Trevi, y se prepara para dos entrevistas: los Museos Vaticanos, que le resultan demasiado multitudinarios, y la Galería Borghese, donde de verdad quiere estar. La visita al museo funciona como el centro simbólico del libro: frente al Apolo y Dafne de Bernini, Sam se detiene en el mito del dios flechado por un amor que su objeto no comparte, la persecución que no cesa y la huida que solo termina con una transformación. La escultura dice, sin decirlo, lo que ella todavía no se atreve a nombrar sobre Liam.
El material recorrido aquí corresponde a la primera parte de la historia y deja las preguntas planteadas desde la primera página —qué se sacrifica por una promesa, hasta dónde alcanza el perdón, qué precio tiene una decisión tomada sin mirar atrás— abiertas y apuntando hacia ese sobre amarillo del comienzo. Narrada en primera persona y en presente, con una voz atenta al detalle sensorial —la ropa, la comida, la música que suena de fondo, la luz sobre el Mediterráneo—, es una historia de romance contemporáneo que combina el atractivo del lujo y del viaje con una tensión más oscura: la de una mujer joven que descubre a la vez el deseo, la desigualdad de poder y el coste de amar a alguien que administra la verdad.
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