Un ensayo que desmonta la idea de África como bloque uniforme y la sustituye por un retrato de matices. El autor, nigeriano de familia yoruba e igbo, parte de su propia biografía —la casa siempre llena, la comida como lenguaje del afecto,…
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Un ensayo que desmonta la idea de África como bloque uniforme y la sustituye por un retrato de matices. El autor, nigeriano de familia yoruba e igbo, parte de su propia biografía —la casa siempre llena, la comida como lenguaje del afecto, las discusiones interminables— para reivindicar el derecho a una identidad compleja. De ahí salta al bullicio de Lagos y a la Conferencia de Berlín, donde catorce potencias europeas repartieron un continente que apenas conocían, y traza el hilo que une aquellos mapas con el presente.
Hay relatos que se repiten tantas veces que acaban ocupando el lugar de los hechos. África ha padecido esa suerte como pocos territorios: cincuenta y cuatro países, más de dos mil lenguas y mil cuatrocientos millones de personas reducidos a dos imágenes intercambiables, la pobreza extrema o el safari. Este libro se propone devolver a esa extensión de tierra el espesor que le fue arrebatado.
El autor empieza por sí mismo. Nigeriano, mitad yoruba y mitad igbo, describe el hogar donde se formó: una casa de puertas abiertas en la que se come siempre, en la que las tías tienen el deber de inmiscuirse, en la que la historia no la escriben los vencedores sino quien habla primero. De su madre heredó el gusto por el ruido y las multitudes; de su padre, la certeza de que las cosas rara vez son tan graves ni tan espléndidas como parecen al principio. Con esos materiales domésticos construye su tesis: cada persona es una suma irrepetible de herencias y decisiones menudas, y negarle a alguien esa complejidad —a una persona, a una comunidad, a un continente entero— es el primer paso para degradarlo.
De ahí el libro se abre en abanico. Primero, Lagos: veintiún millones de habitantes, tráfico convertido en deporte nacional, bocinas incesantes, tres bodas posibles en un domingo, la suya asada al borde de la carretera envuelta en papel de periódico. Una ciudad ruidosa y confiada, capaz de empequeñecer cualquier ego, que aún no sabe qué quiere ser de mayor y donde la prosperidad de las islas convive con las casas sobre pilotes en la laguna. Después, el origen del desajuste: noviembre de 1884, Berlín, un mapa enorme y equivocado, hombres que jamás habían pisado el noventa por ciento del territorio que se disponían a repartirse, y una retórica de comercio, cristianismo y civilización que servía de tapadera al saqueo.
Los capítulos siguientes recorren la representación de África en la cultura popular y en las campañas benéficas, la democracia contada a través de siete dictaduras, la batalla por recuperar el patrimonio expoliado, la influencia global de sus cocinas, las guerras del arroz jollof y la desconcertante belleza de la Copa Africana de Naciones, hasta llegar a los activistas, creadores y empresas que hoy dan forma al futuro. Sin ocultar los desafíos reales, el libro insiste en su convicción central: una coalición de más de mil millones de identidades individuales no cabe en un solo relato.
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