Crónica de viaje en primera persona: una adolescente madrileña recorre África de norte a sur del Sáhara junto a su padre periodista y un pequeño equipo de televisión, y descubre que el continente que iba a filmar termina filmándola a ella.
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Crónica de viaje en primera persona: una adolescente madrileña recorre África de norte a sur del Sáhara junto a su padre periodista y un pequeño equipo de televisión, y descubre que el continente que iba a filmar termina filmándola a ella.
Todo empieza con una sobremesa navideña y una pregunta que suena a broma: veinte mil kilómetros a través de África. La narradora tiene catorce años cuando su padre —«una máquina de parir ideas», periodista de radio y televisión— propone convertir el proyecto en una serie para jóvenes españoles, rodada por dos cámaras de televisión y sostenida por dos todoterreno y un camión. Con la condición previa de aprobar el curso, seis meses de embajadas, visados, vacunas y presupuestos atascados en la burocracia, la expedición sale de Madrid rumbo a Algeciras y Tánger. Detrás quedan las risas de los compañeros de clase y las apuestas de los periodistas que auguraban que ni siquiera cruzarían el Sáhara.
El itinerario avanza como un rosario de nombres —Fez, Argel, Ghardaia, El Golea, In Salah, Tamanraset, Agadés— y cada etapa impone su propia lección. En las callejuelas de Fez la narradora siente por primera vez que ha salido de Europa. En los oasis descubre que el calor de cincuenta grados no es una cifra sino una forma de estar en el cuerpo. En los puestos fronterizos aprende el idioma de la espera: aduanas corruptas, registros humillantes bajo el sol, tres días retenidos en un descampado con tres árboles reservados a los militares, un partido de fútbol ganado que no sirve para nada. Y en mitad del desierto, alejada del campamento y descalza sobre la arena, encuentra lo que no sabrá contar nunca del todo: que el silencio también es sonido.
El libro no idealiza la aventura. La convivencia se agrieta pronto: el equipo se parte en bandos, el mecánico abandona su puesto de camión escoba y desaparece entre el polvo durante una tormenta de arena, las diarreas y las averías desgastan los ánimos, y la narradora se declara a sí misma «un poco por libre». Junto a los conflictos internos aparecen los encuentros que sostienen el viaje: unos italianos que cruzan el desierto con coches de desguace para venderlos y pagarse las vacaciones; Musa, el guía tuareg de turbante de siete metros que enseña el rito de las tres rondas de té, los bailes que la policía prefería no ver filmados y la organización de un pueblo nómada que no se llama a sí mismo tuareg sino amahar, hombre libre.
La mirada de la narradora se afila conforme avanza. Observa la compraventa de mujeres y no la exotiza: la compara con las dotes europeas de hace nada. Se indigna ante las calles donde las mujeres no salen, y a la vez defiende el respeto por las costumbres ajenas con un argumento doméstico y contundente. Desmonta el desprecio hacia «los moros» que oye dentro de su propio vehículo. Y desde el prólogo —escrito cinco años después, tumbada en su cama y con auriculares— confiesa la dificultad central del libro: que lo esencial de África no cabe en la crónica de aventuras, porque no es etnología ni historia ni neocolonialismo, sino una intensidad que reordena a quien la atraviesa.
El resultado es un relato doble. Por fuera, el diario de diez países y veintidós fronteras de una expedición que se propuso demostrar algo a quienes no confiaban en ella. Por dentro, la formación de una conciencia adolescente que vuelve a Madrid sabiendo que ha cambiado, y que insiste, contra el catálogo de tragedias que llega a Europa, en un continente que bulle: joven, creador, decidido a ofrecer ideas y a que alguien, alguna vez, le dé la oportunidad de hacerlo.
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