Crónica periodística de Francisco Olivares sobre el 10 de diciembre de 2009, el día en que la jueza María Lourdes Afiuni ordenó la excarcelación del banquero Eligio Cedeño y, horas después, fue señalada en cadena nacional por Hugo Chávez y…
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Crónica periodística de Francisco Olivares sobre el 10 de diciembre de 2009, el día en que la jueza María Lourdes Afiuni ordenó la excarcelación del banquero Eligio Cedeño y, horas después, fue señalada en cadena nacional por Hugo Chávez y encarcelada. A partir de entrevistas con la jueza detenida en su propia casa y con Cedeño ya en el exilio, el libro reconstruye cómo una decisión judicial ordinaria se convirtió en una advertencia para todo el sistema de justicia venezolano.
Hay decisiones que solo se vuelven históricas por la reacción que provocan. El 10 de diciembre de 2009 —Día Internacional de los Derechos Humanos, víspera del Día del Juez— María Lourdes Afiuni salió de su casa en La Boyera hacia el Palacio de Justicia como cualquier otra mañana: café en la mano, un comentario rápido con su hija, hora y media de tráfico caraqueño. Llevaba quince días con un expediente de 278 piezas que, según había leído, estaba viciado desde la carátula. Ese día firmó una medida cautelar que devolvía la libertad al banquero Eligio Cedeño, preso sin juicio desde hacía casi tres años. Esa misma tarde su nombre sonó en cadena nacional. No hubo día siguiente para ella.
Francisco Olivares construye el relato entrelazando dos trayectorias que nacieron juntas y quedaron atadas para siempre. Por un lado, la de una funcionaria deliberadamente apolítica: formada en la policía judicial, donde conoció el submundo de las pruebas sembradas y las confesiones a golpes, renunció tras los sucesos de abril de 2002 para ingresar como jueza penal a un poder que descubriría aún más intervenido. Por el otro, la de un hombre criado en un rancho de La Bombilla, en Petare, que compartía con su hermano la única camisa escolar y llegó a las altas esferas financieras del país; que financió la fuga de un dirigente sindical opositor y lo reconoce ahora, desde el exilio, sin necesidad de matices. A ambas historias se suma una tercera, la del joven empresario Gustavo Arraiz, sacado a la fuerza de una cárcel panameña en shorts y en cholas, sin extradición formal, y entregado a la policía política venezolana.
El libro no se detiene en el expediente. Su fuerza está en el detalle doméstico que desmonta la retórica del enfrentamiento: los guardias que se disputan el turno de custodia porque la madre de la presa cocina carne mechada todos los días, el custodio que terminó casándose con la conserje del edificio de enfrente, la ventana cuadriculada desde la que se asoma una mujer que el país entero reconoce. En ese roce cotidiano, la peligrosa enemiga de la revolución vuelve a ser simplemente María Lourdes, o la doctora. Olivares observa que el conflicto político, sostenido desde arriba, se disuelve abajo en un café recién colado.
La tesis recorre el texto sin subrayarse: los presos políticos venezolanos de estos años no son líderes de la resistencia ni disidentes profesionales, sino personas comunes a las que las circunstancias colocaron ante una decisión y que, sin proponérselo, se volvieron emblemas de la transgresión. Afiuni es aquí la «mosca» que alteró el vuelo del águila —la propia imagen con que el poder se describía a sí mismo—, y su castigo funciona como mensaje dirigido a cada juez del país: la revisión de una decisión judicial no la hace el superior, la hace el Ejecutivo.
El prólogo de la magistrada Blanca Rosa Mármol de León, que denunció desde dentro de la Sala Penal lo que el libro documenta desde fuera, fija el registro de lectura: no es una novela, aunque se lea con la tensión de una. Es un testimonio contra el olvido, escrito bajo el epígrafe de Kundera que da la clave de todo el proyecto —la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido—, y un argumento sobre por qué la autonomía de los poderes no es un tecnicismo institucional sino la condición misma de la democracia.