En un aeropuerto de Washington barrido por la lluvia, la entrega de un Concorde recién comprado coincide con la prueba de un avión de ataque no tripulado y con el robo de sus planos secretos: tres hilos que la novela va acercando hasta…
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En un aeropuerto de Washington barrido por la lluvia, la entrega de un Concorde recién comprado coincide con la prueba de un avión de ataque no tripulado y con el robo de sus planos secretos: tres hilos que la novela va acercando hasta hacerlos converger en el aire.
La jornada empieza con un titular: un ataque terrorista en un aeropuerto iraní y un avión estadounidense derribado con un misil portátil. En el Dulles Internacional, sin embargo, la única tormenta visible es la que azota las pistas. McKeever, agente veterano relegado a vigilar terminales desde que una herida en la pierna lo apartó de París, mata el tiempo en una cafetería infame y calcula, casi por deporte, cómo entraría él en un aeropuerto si quisiera hacer daño. Su rutina se quiebra dos veces: por el aviso de que a las 3.25 aterriza un Concorde recién adquirido por Federation World Airlines —vacío, con prensa y ceremonia en pista—, y por la aparición de Maggie Whelan, reportera televisiva y antigua historia personal suya, que llega a cubrir el acto cargando un embarazo recién confirmado, la decisión de criar sola a su hijo y un sobre de notas que no le corresponde.
Ese sobre traspapelado es el primer engranaje. Por error de una asistente de producción, Maggie recibe la documentación sobre un avión militar mientras su colega Jeffrey Marks, destacado en las Instalaciones Harrison para Pruebas Aéreas, se queda con los apuntes del Concorde. Marks, atrapado entre un cámara con delirios autorales y un jefe que solo quiere metraje de catástrofes, consigue arrancarle unas frases a David Harrison, el físico dueño de la empresa, sobre el Dragonfly: un aparato sin piloto que ve por cámaras, decide por computadora y ataca por cuenta propia, estrellándose contra su blanco como un kamikaze sin tripulante. La demostración, retrasada por la lluvia, se cumple ante los monitores: el caza señuelo maniobra, huye, y no consigue nada.
Mientras tanto, el Concorde de la FWA da vueltas sobre el Atlántico a la espera de permiso. En la cabina, el capitán Metrand —piloto curtido en Indochina que alguna vez soñó con ser astronauta—, el copiloto LeBec y el ingeniero O’Neill matan la demora discutiendo el folleto de prensa y traduciendo insultos, sin saber que lo que los mantiene en el aire es precisamente la prueba de Harrison. En la cocina, un reencuentro incómodo con una azafata añade otra cuenta pendiente a bordo. Dos pisos por debajo de Misión Control, un hombre sudoroso fuerza un archivador con una llave comprada, encuentra la carpeta que buscaba y se guarda en los bolsillos el mecanismo del secreto mejor guardado de la empresa. Alguien más ronda el sobre con el nombre de Maggie Whelan. Y en otra habitación, una mujer rusa pregunta, sin motivo aparente, quién es Maggie Whelan.
Novelización del cine de catástrofes aéreas de finales de los setenta, el relato reparte su atención entre la cabina, la redacción y los pasillos de un contratista del Pentágono, alterna el humor de oficina con la mecánica del espionaje y deja instalada, mucho antes del despegue, la única pregunta que importa: qué ocurre cuando un arma que elige sola su blanco se cruza con un avión lleno de gente.