Un magnate septuagenario, Philip Stevens, se dispone a regalar su mansión de Palm Beach al pueblo estadounidense convertida en museo. Para celebrarlo, un Boeing 747 reformado como palacio volante despegará esa noche de Dulles con sus…
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Un magnate septuagenario, Philip Stevens, se dispone a regalar su mansión de Palm Beach al pueblo estadounidense convertida en museo. Para celebrarlo, un Boeing 747 reformado como palacio volante despegará esa noche de Dulles con sus invitados y su colección de arte. Mientras los técnicos rematan la revisión final, un hombre con dolor de muelas entrega un cilindro verde robado a unos desconocidos. La novela ensambla lujo, ingeniería y conspiración en una cuenta atrás.
Florida amanece despejada cuando el helicóptero de Philip Stevens sobrevuela Palm Beach. A punto de cumplir setenta años, el fundador de la Stevens Corporation acaba de pasar veinticuatro horas encerrado con los delegados sindicales de una planta en Jacksonville, y ha vuelto a evitar la primera huelga en cuarenta y cinco años de historia de su empresa. Abajo lo espera «la casona»: cuatro plantas de estilo español, mil seiscientos metros de caminos, un lago artificial, un bosque de especies traídas de medio mundo. Esa misma noche todo eso dejará de ser suyo. El industrial ha decidido donar la finca al pueblo estadounidense y transformarla en museo para exhibir su colección de arte, y la prensa lleva un año preguntándole por qué.
La inauguración tiene un segundo escenario, a más de mil kilómetros: el aeropuerto de Dulles. Allí aterriza, tras su último vuelo de prueba, un Boeing 747 reconvertido en avión privado —salas de reuniones, despachos, veinticinco millones de dólares en el aparato y quince más en su carga— que llevará esa noche a los invitados de Stevens hasta Palm Beach. El capitán Don Gallagher firma unas hojas impecables; el supervisor Hank Buchek, perfeccionista y fumador reincidente, cuenta las ocho horas que faltan para el despegue. Solo una pieza no encaja: el copiloto Chambers, un hombre competente al que nadie ha conseguido leer en año y medio de trabajo conjunto.
Entre ambos mundos circula un tercero. En un suburbio de Roanoke, un tal Callahan conduce un Plymouth destartalado con la mandíbula agarrotada de tanto apretar los dientes. En el maletero, envuelto en mantas, lleva un pequeño cilindro verde que ha robado por mil dólares y cuyo contenido desconoce. La furgoneta blanca lo espera puntual en un cruce.
Escrita a cuatro manos por David Spector y Michael Scheff, la novela avanza por capítulos breves que alternan personajes hasta hacerlos converger, con la precisión procedimental del cine de catástrofes de los setenta: listas de comprobación, jerga de torre de control, cifras de ingeniería. El resultado es un relato de suspense donde el lujo se describe con el mismo detalle que el peligro, y donde la máquina más segura jamás construida se prepara para volar con un secreto a bordo.