Logroño, 1610. María de Zozaya es una de las decenas de acusados de brujería que aguarda su ejecución en las mazmorras de la Inquisición. Torturada y encadenada, rechaza la oferta de salvación de quien la persiguió sin piedad.
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Logroño, 1610. María de Zozaya es una de las decenas de acusados de brujería que aguarda su ejecución en las mazmorras de la Inquisición. Torturada y encadenada, rechaza la oferta de salvación de quien la persiguió sin piedad. Su historia se entrelaza con la de Alonso de Salazar y Frías, el inquisidor que cuestiona desde dentro la lógica persecutoria de un proceso donde la fe y el poder se ciernen despiadados sobre los ignorantes y los pobres.
Logroño, 7 de noviembre de 1610. El auto de fe de la Inquisición congrega a más de treinta mil personas para presenciar la quema de herejes acusados de brujería. Entre los condenados a muerte está María de Zozaya y Aramendía, una mujer destrozada por la tortura, cuyo cuerpo mutilado apenas puede sostenerse en pie. Esa misma noche, un misterioso visitante entra en su celda intentando ofrecerle salvación. Es el mismo hombre que la atormentó sin piedad durante los interrogatorios, que le infligió dolores indecibles usando máquinas de tortura como la Cuna de Judas. María lo reconoce y le escupe desprecio: rechaza su oferta de escapar, rechaza cualquier vida que no signifique alejarse de él y de sus hermanos.
La novela entrelaza la tragedia personal de María con el contexto histórico del pánico persecutorio. Pierre de Lancre, magistrado francés, ha sembrado el terror en el Labort; en el Sacro Imperio Romano centenares de supuestos brujos arden en la hoguera; en España, la Iglesia lanza una caza sistemática alimentada por delaciones de vecinos, torturas coercitivas y confesiones arrancadas a través del sufrimiento. Todo comenzó con una joven bruja arrepentida, María de Ximildegui, que reveló la existencia de akelarres —asambleas de brujas— en Zugarramurdi y Urdax. Desde ese primer testimonio, más de trescientas personas fueron acusadas; cuarenta fueron trasladadas a Logroño en condiciones inhumanas para ser procesadas.
Entre los inquisidores que conducen el juicio está Alonso de Salazar y Frías, cuya voz discordante cuestiona desde dentro la lógica persecutoria. Para él, las acusaciones son inverosímiles: ¿cómo pueden ser ciertos los vuelos nocturnos, el comercio carnal con el Diablo, la profanación de hostias negras? Sus colegas Alvarado y Becerra Olguín, devotos y severos, no escuchan. La Iglesia exige la hoguera para los herejes.
Cuando arde la leña, María de Zozaya aparece sonriendo. Su primo Juan, quien oficia como verdugo, ha mojado la madera para que la asfixia llegue antes que las llamas. A través del humo espeso, mientras el inquisidor Salazar y Frías contempla impotente el fin de esa pobre gente ignorante, nace en él la certeza de una promesa: no descansará hasta convencer a la Iglesia de que ese proceso no es sino locura.