Un ingeniero viudo construye en el Petrogrado devastado de la posguerra civil un huevo de acero capaz de cruzar el vacío, y publica un anuncio a lápiz buscando compañero de viaje a Marte. Lo acompaña un soldado sin guerra que pelear.
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Un ingeniero viudo construye en el Petrogrado devastado de la posguerra civil un huevo de acero capaz de cruzar el vacío, y publica un anuncio a lápiz buscando compañero de viaje a Marte. Lo acompaña un soldado sin guerra que pelear. Ninguno de los dos huye hacia arriba por curiosidad científica: uno escapa de una tumba, el otro de la quietud.
Una hoja de papel gris pegada a un muro de la Avenida del Amanecer Rojo invita a quien quiera a presentarse en un galpón de la costanera para volar a Marte el 18 de agosto. La ciudad que rodea ese anuncio está vacía: ventanas tapiadas, palacios quemados, chimeneas frías, gente que camina descalza con la mirada en otra parte. Un corresponsal extranjero lo lee dos veces, se toma el pulso, y decide que Rusia entera es un sueño del que nadie despierta.
El autor del anuncio es Mstislav Serguéievich Loss, ingeniero de treinta y cinco años y pelo prematuramente blanco, que trabaja entre chatarra oxidada y hierba creciendo entre los desperdicios. Su nave es un huevo metálico de ocho metros y medio, con doble casco, freno de paracaídas y un motor de cohete alimentado por un explosivo nuevo. Explica su cálculo con una calma que resulta más inquietante que el delirio: cuarenta millones de kilómetros, seis o siete horas, y un aterrizaje que puede desintegrarlo como a un meteorito. Pronto, dice, ir a Marte será tan simple como volar de Moscú a Berlín.
Pero el motor verdadero de la máquina no es el combustible. Katia, su mujer, murió seis meses atrás; Loss cerró con llave el dormitorio y guardó la llave en el chaleco. En la última noche insomne antes de partir vuelve a esa habitación de olor a medicamentos, a una colina de verano donde tuvo el amor delante y lo pospuso por asuntos que ahora no recuerda, a una cruz clavada en la tierra bajo el viento de otoño. “En la Tierra no hay misericordia”, repite. Lo que le da miedo no es morir en el viaje, sino errar el blanco y sobrevivir mil años a la deriva: la soledad, no la muerte, es su infierno. Por eso, sobre todo, no quiere ir solo.
El único que se ofrece es Alexei Ivanovich Gusev, veterano de veintitantas heridas, fundador de cuatro repúblicas cuyos nombres ha olvidado, incapaz de quedarse quieto donde no hay batalla. Su mujer, Masha, lo espera de madrugada bajo un techo con frescos ajenos y el retrato de un general muerto, sabiendo que ningún amor alcanza para retener a un hombre que solo se calma en movimiento. Junto a ellos, los obreros del galpón discuten en voz baja si el ingeniero volverá, y uno imagina, feliz, que Marte pertenecerá a Rusia.
Escrita en 1923, la novela usa la aventura interplanetaria para pesar algo más terrestre: qué queda de un hombre cuando ha perdido lo que amaba, y qué hace un país agotado con su propia hambre de horizonte. El cohete despega, pero el lastre viaja adentro.
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