Ida, arquitecta de cuarenta años, viaja en autobús hasta la casa de veraneo de la familia, en la costa noruega, para celebrar el sesenta y cinco cumpleaños de su madre.
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Ida, arquitecta de cuarenta años, viaja en autobús hasta la casa de veraneo de la familia, en la costa noruega, para celebrar el sesenta y cinco cumpleaños de su madre. Llega con un secreto —una cita en una clínica de fertilidad sueca— que se le deshace en las manos cuando su hermana menor, Marthe, le anuncia que está embarazada de quince semanas. Un relato en primera persona sobre la envidia que nadie confiesa y el papel de hermana consoladora que, de pronto, se queda sin función.
Todo empieza con un ruido: el sonido de un dibujo animado a todo volumen en un autobús abarrotado en pleno julio. La narradora, Ida, pide que lo bajen, el niño llora y los demás pasajeros la miran a ella con reproche. Ese pequeño desajuste —tener razón y quedar mal— es la temperatura exacta de la novela.
Ida tiene cuarenta años recién cumplidos, es arquitecta, trabaja en un estudio grande y vive sola. Va camino de la casa de verano de la familia para el cumpleaños de su madre, y lleva consigo un plan que aún no ha contado a nadie: unas semanas antes viajó a Gotemburgo, se sentó frente a un médico que pronunciaba su nombre a la sueca y acordó congelar sus óvulos. Es su promesa privada de que algo, algún día, empezará. La espera con impaciencia el momento de contarlo con un par de copas de vino de por medio.
No llega a hacerlo. Marthe, la hermana menor —tres años intentando quedarse embarazada, dos abortos espontáneos, la enfermedad de Crohn, una vida entera de ser la consolada—, le comunica que por fin está embarazada. En un instante, la posición que Ida ocupaba en la familia se desmonta: ya no hay a quién acariciar la espalda, ya no hay una hermana que vaya por detrás.
A partir de ahí, la novela se despliega en los gestos mínimos de unos días de vacaciones: el baño en la roca de siempre, la cabaña que ahora está pintada de blanco y no de amarillo, la broma que se alarga hasta hacer daño, la niña de seis años a la que resulta tan fácil poner de su parte, el cuñado con quien es agradable cocinar. La voz de Ida es lúcida, cómica y despiadada, sobre todo consigo misma; deja ver lo que no quiere admitir y lo desmiente en la frase siguiente. Entre el recuerdo de un vestido de tirantes a los doce años, las citas de Tinder que terminan con un saludo estúpido en la acera y una noche de cumpleaños que acabó en un taxi y un vómito, se dibuja el retrato de una mujer que sostiene la esperanza como se sostiene una postura incómoda.
Es un libro sobre la envidia entre hermanas, sobre el cuerpo que nadie toca, sobre las casas familiares que se reparten sin repartirse y sobre lo que cuesta alegrarse por quien más quieres. Y sobre el ruido de fondo —los hijos de los demás, siempre, en todas partes— que no se puede bajar.