En un Madrid apenas adelantado unos años, saber qué dice tu ADN se ha vuelto tan cotidiano como mirar el colesterol, y tan peligroso como enseñar la cartera.
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En un Madrid apenas adelantado unos años, saber qué dice tu ADN se ha vuelto tan cotidiano como mirar el colesterol, y tan peligroso como enseñar la cartera. Francisco Alonso dirige ADN Gestión, un pequeño gabinete de gestión genética que protege a sus clientes de análisis no consentidos y negocia la cesión de secuencias valiosas. Cuando uno de sus donantes es agredido dos veces en la calle sin motivo aparente, una investigación policial rutinaria empieza a apuntar hacia un negocio que nadie había previsto: robar genes a golpes. Novela corta de ciencia ficción médico-sociológica sobre el precio de la información que llevamos escrita en el cuerpo.
ADN Gestión, de Ricardo Manzanaro, sitúa su historia a muy pocos años de distancia, en un futuro reconocible donde la secuenciación del genoma se ha abaratado hasta volverse trámite. Nadie tiene poderes ni fabrica híbridos; lo que ha cambiado es algo más discreto y más inquietante: cualquiera puede saber a qué enfermedades está predispuesto un desconocido, y esa información vale dinero.
Francisco Alonso, médico de formación y empresario por vocación, dirige un modesto gabinete de management genético en la Comunidad de Madrid. Su trabajo tiene dos caras. Por un lado, protege: acompaña a sus clientes a cada analítica para vigilar que solo se examine lo autorizado, que no se aparte una muestra de sangre de más, que los restos se destruyan a la temperatura exacta que desnaturaliza el ADN. Es un oficio nacido del recelo, porque una empresa que descubre una predisposición cardiaca en un aspirante siempre encontrará una excusa curricular para no contratarlo. Por otro lado, gestiona: identifica familias cuyos genes ofrecen ventajas notables —colesterol bajo pese a la dieta, musculatura fácil, longevidad, resistencia a grupos enteros de patologías— y comercializa esas secuencias, de forma anónima, ante clínicas de reproducción asistida capaces de insertarlas en un embrión.
La novela avanza con la calma de una jornada laboral cualquiera: un cliente despistado que llega sin cita, una joven que teme el reconocimiento médico de su nuevo empleo, un repaso a las estadísticas del mes, un tropiezo torpe que devuelve a Alonso un viejo manual de genética y la fotografía de sus primeros días en la Facultad. Esa normalidad es precisamente el terreno donde el autor planta la intriga.
La llamada de un inspector rompe la rutina. Tomás Suárez, uno de los donantes del catálogo de Alonso, ha sido agredido en la calle por segunda vez en pocos días. Le quitaron unos billetes y le dejaron las tarjetas; le golpearon en la cabeza y, sobre todo, le hicieron cortes. Alonso no puede revelar qué contiene el genoma de su donante, pero sí menciona un detalle que resultará decisivo: Suárez tiene un hermano, y los hermanos comparten mucho más que un apellido.
A partir de ahí, la historia se convierte en una investigación a dos voces. La policía despliega un sistema de seguimiento capaz de detectar qué teléfonos se mueven alrededor de una persona vigilada; Alonso aporta lo que ningún agente sabe leer: el sentido de unas botellas de reactivos en una nave industrial de las afueras. Entre ambos reconstruyen un método tan brutal como eficiente para apropiarse de aquello que sus víctimas habían pactado vender en exclusiva.
Manzanaro escribe con voluntad divulgativa y tono sobrio, intercalando explicaciones accesibles sobre nucleótidos, mutaciones y consentimientos informados sin frenar la trama. El resultado es una ficción especulativa breve que se interesa menos por el espectáculo tecnológico que por sus efectos domésticos: qué ocurre con la privacidad cuando el dato más íntimo circula en un tubo de ensayo, cómo se legisla sobre un cuerpo que también es un catálogo, y qué clase de delincuencia surge cuando la materia prima más cara del mercado se puede extraer con una navaja y treinta segundos de violencia.