Dos años después de que un virus convirtiera a la fauna en una amenaza organizada, cerca de mil sobrevivientes se reparten los pasillos de cemento del CePIR, un búnker de emergencia pensado para durar una década.
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Dos años después de que un virus convirtiera a la fauna en una amenaza organizada, cerca de mil sobrevivientes se reparten los pasillos de cemento del CePIR, un búnker de emergencia pensado para durar una década. Allí trabaja Marcos, un asistente de laboratorio de veintitrés años que esteriliza instrumentos, cataloga muestras y sueña con volver a ver el sol. Cuando una expedición de reconocimiento no regresa y las explicaciones oficiales empiezan a no cerrar, la rutina del refugio se revela como lo que siempre fue: un equilibrio frágil sostenido por horarios, anuncios y silencios.
El relato arranca con una pesadilla: una facultad tapiada, unas tablas que ceden, bandadas y roedores entrando a la vez. Marcos despierta en su cucheta del nivel cuatro y reconoce el techo impermeabilizado del búnker, la humedad, los ronquidos del compañero de turno. La pesadilla no es del todo invención; es memoria reordenada. Hace dos años el virus aprovechó la indiferencia general y el mundo de afuera dejó de pertenecer a las personas.
El refugio se llama Centro de Preservación, Inmunización y Reconquista. Nació de una improvisación estatal —juntar profesionales de la salud y la ingeniería, encerrarlos con equipamiento médico y militar— y se sostiene con una lógica de arca: preservar un catálogo de animales sanos y esperar a que la población infectada se reduzca sola. Si eso no ocurre, habrá que fabricar una vacuna. Mientras tanto, el Concejo administra la vida cotidiana con precisión de reloj: turnos de nueve a diecisiete para simular ciclos solares, rotación semestral de dormitorio y compañero para combatir la soledad, cupones de comida, una única sala de cine que funciona como lujo y como santuario.
Marcos narra desde ese adentro. No terminó su carrera de biología, así que ocupa un lugar auxiliar en el Laboratorio N°7, a cargo de Luci McClintock, una investigadora reservada y metódica en la que él deposita una mezcla de admiración profesional y atracción no declarada. Su círculo se completa con Pablo, de Zoología, que colecciona chistes dibujados en hojas sueltas, y Alan, ingeniero de mantenimiento, ordenado hasta el punto de despertarse siempre unos minutos antes que la alarma. Entre ellos circula lo que en el búnker reemplaza a la información: el rumor. Uno dice que van a salir pronto; otro, que se están moviendo trajes blindados y carros de carga sin que Agricultura participe.
El disparador es el segundo Comando de Exploración Anual Exterior. El informe se demora, la ansiedad colectiva sube, y el anuncio que finalmente llega no trae el diagnóstico esperado sino tres muertes. Al laboratorio le asignan estudiar el veneno responsable, y los números no coinciden con nada conocido: donde la teoría marca minutos, el cronómetro marca segundos. Lo que empieza como una anomalía estadística se vuelve una conclusión incómoda sobre la velocidad a la que el afuera está cambiando mientras el adentro se limita a esperar.
Escrita en primera persona y en presente, con registro coloquial rioplatense y una ironía seca que contrasta con la crudeza de lo que describe, la novela alterna los capítulos con entradas de la libreta del narrador —fechadas por día dentro del búnker— dedicadas a la misión del refugio, la salud mental de los refugiados o la lógica de una rutina impuesta. Esas pausas funcionan como ensayo breve y como termómetro: explican el sistema al mismo tiempo que dejan ver sus grietas. El resultado es un relato de encierro y epidemia menos interesado en el espectáculo del apocalipsis que en sus consecuencias domésticas: la comida insípida, la puerta que alguien cierra por miedo, la información que se administra en dosis, y la pregunta de cuánta presión resiste una persona antes de quebrarse.
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