En un pueblo de la sierra del noroeste mexicano, un niño de nueve años aprende que el mundo adulto se gobierna con gestos mínimos: el carraspeo del padre, la cuarta colgada junto al ropero, las conversaciones que bajan de tono cuando él se…
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En un pueblo de la sierra del noroeste mexicano, un niño de nueve años aprende que el mundo adulto se gobierna con gestos mínimos: el carraspeo del padre, la cuarta colgada junto al ropero, las conversaciones que bajan de tono cuando él se acerca. Antes de llegar a esa casona, sin embargo, el libro abre con el secuestro de una muchacha en la cabina de una troca, y esa escena queda pesando sobre todo lo demás como una nube que no termina de descargar. Entre corridos, ordeñas y bailables escolares, la llegada de Tomasa —una huérfana acogida como ahijada— va tensando una historia donde la ternura doméstica y la violencia comparten la misma mesa.
La obra arranca con una escena que no pide permiso: un hombre obliga a una joven a subir a una camioneta, le cubre la cabeza con una bolsa negra y ordena arrancar. Afuera queda el camino de terracería; adentro, el olor a cerveza y tabaco, y en la radio un acordeón y un bajo sexto cantando una canción de amor. Ese contraste —la dulzura del corrido sobre el horror concreto— es la clave de lectura de todo lo que sigue. En unos pocos párrafos, el relato resume después los años que vinieron: las casas y escondites en la sierra, los guaruras que aparecen y desaparecen, los embarazos, el hijo que sí se logró, el hombre finalmente asesinado por orden de su propio cómplice. La historia no se detiene a explicar; deposita el dato y avanza.
De ahí el foco se traslada a Flavio, el menor de la casa grande de Chapotán. Su padre, don Eutimio, le dice una tarde “vamos al guayabo” y el niño entiende el árbol de la huerta, no el pueblo vecino del mismo nombre. Ese malentendido mínimo basta para desatar el mecanismo entero del libro: el viaje en la troca, la espera humillante, el regreso y el cuartazo materno por “andar de jacalero”. El niño se esconde bajo la cama, entre el olor a naftalina, con la certeza de que la injusticia no se puede ni siquiera nombrar, porque quejarse costaría otros dos cuartazos.
Alrededor de él se organiza un mundo doméstico densamente poblado: la señora María, que ordeña vacas al alba y atiende el abarrote; la Elsa, de voz alta y marido perdido en El Otro Lado; Héctor, el hermano mayor que ya presume bravatas aprendidas del Juanillo; y Santos, el trabajador epiléptico al que todos llaman “el tonto del pueblo” y a quien —único en toda la casa— nadie antepone un artículo al nombre. Cuando Tomasa llega, callada y aplicada, el equilibrio se altera: los silbidos en la barda trasera, las miradas de reojo, las advertencias que nadie termina de formular.
Es Tomasa, precisamente, quien hace la pregunta que da nombre a uno de los capítulos. Le hablan del Mal —los ataques de Santos— y ella, sin doble intención, responde: “¿Qué cosa es el mal?”. Las mujeres se lo explican como una enfermedad. El libro pasa las siguientes páginas contestando otra cosa.
La prosa trabaja en dos registros que se rozan sin mezclarse: el habla de la sierra, con su léxico propio y su humor áspero, y una voz interior que sigue el pensamiento del niño con precisión casi física —la medialuna de hierro que se le hunde en el pecho, las telarañas en el cerebro, los carbones bajo la piel. El resultado es un retrato de la infancia como aprendizaje del miedo, y de una comunidad donde el cariño, la superstición, el trabajo y la brutalidad se transmiten por los mismos canales.