Mayo de 1992. Sarajevo está cercada y solo quedan dos plazas en el último autobús que sale de la ciudad. Atka, de veintiún años y mayor de diez hermanos, despide a Hana y a Nadia sin saber cuándo volverá a verlas.
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Mayo de 1992. Sarajevo está cercada y solo quedan dos plazas en el último autobús que sale de la ciudad. Atka, de veintiún años y mayor de diez hermanos, despide a Hana y a Nadia sin saber cuándo volverá a verlas. A partir de ese instante se alternan dos voces: la de quien se queda a sostener a la familia bajo el asedio y la de quien cruza fronteras y aprende a ser llamada refugiada. Un relato real sobre el amor entre hermanas y una vida partida en dos por la guerra.
En abril de 1992, tras el referéndum de independencia, Bosnia Herzegovina entra en guerra. Las colinas que rodean Sarajevo se llenan de artillería y la ciudad queda cercada. Una mañana de mayo, un convoy protegido por las Naciones Unidas ofrece unas pocas plazas a mujeres y niños; en una familia de diez hermanos solo caben dos. Atka, la mayor, empuja hacia la puerta del autobús a Hana, de doce años, y a Nadia, de quince, y les hace prometer que serán valientes. Las hermanas apoyan las manos en el mismo cristal, una a cada lado, hasta que el vehículo dobla la esquina.
El libro cuenta esa separación y lo que vino después desde dos perspectivas que se turnan capítulo a capítulo. Del lado de dentro queda Atka, responsable de la abuela, del padre que atraviesa la ciudad para cuidar a su madre anciana y de los pequeños que todavía celebran unas tortitas secas como si fueran una fiesta; también del hermano de diecinueve años atrapado en el ejército que ahora dispara contra su propia ciudad, y de la madre bloqueada en Viena por una misión humanitaria que la guerra convirtió en exilio.
Del lado de fuera avanza Hana: el suelo del autobús, los disparos, la carrera hasta un sótano desconocido, los controles militares, la llegada nocturna a Split y el desconcierto de descubrir que, fuera del asedio, el mundo sigue durmiendo tranquilo. En ese trayecto aparecen la mujer que pide cien marcos por una cama, el polideportivo con miles de personas y sus bultos de ropa, y también quienes deciden ayudar sin pedir nada: una recepcionista de hotel, un periodista extranjero, un matrimonio que abre su casa por una noche.
La narración trabaja con detalles pequeños y concretos —una oración escrita en un papel doblado, unos dulces envueltos deprisa en servilletas, una canción en un transistor prestado— para medir aquello que las cifras no alcanzan: cómo una familia numerosa se dispersa por Europa mientras cada uno intenta cumplir la misma promesa. Escrito por las propias hermanas, es un testimonio sobre uno de los cercos más largos de la Europa contemporánea y sobre la palabra refugiada vista desde dentro, cuando quien la recibe aún cree que volverá a casa en dos semanas.