En una pensión de barrio, un hombre discreto que vende estampillas guarda dos secretos: fue médico y conoció de cerca los años del hampa. Una carta llegada desde Sudamérica le ofrece volver a ejercer y empezar de nuevo, pero la noche en…
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En una pensión de barrio, un hombre discreto que vende estampillas guarda dos secretos: fue médico y conoció de cerca los años del hampa. Una carta llegada desde Sudamérica le ofrece volver a ejercer y empezar de nuevo, pero la noche en que auxilia a un inquilino herido a botellazos lo devuelve al mundo del que huyó. Cuando ese hombre aparece muerto en su cuarto, con la puerta cerrada por dentro y la casa entera bajo sospecha, el señor Tolliver descubre que su pasaje a la libertad depende de resolver un crimen antes de que la policía —o el asesino— llegue primero.
El señor Tolliver lleva años viviendo sin sobresaltos en la casa de los Oberholz: el pescado frito de los viernes, la partida de naipes en la cocina caliente, el ejemplar de Harper’s, la rutina modesta de un negocio para filatelistas. Nadie en la pensión sabe demasiado de él, y así lo prefiere. Pero desde hace dos días una carta con estampillas brasileñas descansa bajo los pañuelos de su cómoda, y esa carta ha despertado algo que él creía enterrado: la posibilidad de volver a ser médico, lejos, en un lugar donde nadie recuerde por qué dejó de serlo.
El relato arranca en una noche de nieve y cielo demasiado estrellado. Un inquilino reciente, John Lawson —hombre nervioso, de buena familia y con un revólver en el bolsillo del sobretodo—, vuelve a la casa sostenido por un muchacho fuerte y desconocido, con la espalda abierta por media docena de tajos. Lawson se niega a que lo vea un médico. Tolliver, casi sin pensarlo, se arremanga, corta la camisa pegada a la carne, desinfecta y venda con una destreza que a nadie se le escapa. La escena lo devuelve a un quirófano de otra vida y a los cuatro últimos pacientes que, según admite con una calma inquietante, murieron antes de tiempo.
A la mañana siguiente, la bandeja del desayuno queda intacta sobre la cómoda: Lawson ha sido asesinado en su cama, con el pecho lacerado, la puerta cerrada con llave y las persianas bajas. Con el cadáver llega el teniente Carmichael, un policía paciente y sarcástico que no cree en las respuestas fáciles y que, desde la primera contradicción entre la dueña de casa y su inquilino más respetable, decide mirar a Tolliver con especial atención. Y hay mucho que mirar: un título universitario que Tolliver menciona a medias, una profesión que niega, una destreza que no encaja con la excusa de los primeros auxilios.
A su alrededor, la pensión se convierte en un tablero de sospechas domésticas. Greta Oberholz, que se enorgullece de la moral irreprochable de su casa y ya había decidido echar a Lawson. Su marido, que bebe vino y repite que ese tipo no le gusta. Janice, la hija pálida que vuelve del cine estremecida y con una pelea a cuestas. Kenny Sampson, su pretendiente, con la sonrisa fija y una discusión reciente. El señor Twist, que lo oye todo desde el pasillo y nunca se enoja con nadie. Y Bruce Honeycutt, el muchacho que dijo ser hermano del muerto y que se marchó con demasiada prisa hacia una habitación en el centro.
A partir de ahí, Tolliver rastrea pista tras pista: el abrigo que Lawson reclamó incluso mientras se desangraba, la pelea en el café que quizá nunca fue una pelea de café, los apellidos que no coinciden, un cerrojo que cualquiera pudo descorrer. Cada avance lo acerca a la verdad y, al mismo tiempo, lo arrastra hacia su propio expediente: los muelles, la pandilla, la valija atravesada por una bala, el barco que un día abandonó por atender a un jefe que ya estaba muerto. Habrá más cuerpos, vigilancia policial, una muchacha al borde de la muerte y un asesino dispuesto a impedir que el viejo médico llegue a puerto.
Novela policial clásica de atmósfera cerrada y ritmo seco, publicada en la Argentina en 1953, la obra sostiene su tensión menos en la persecución que en una pregunta moral: hasta dónde puede correr un hombre para alcanzar la segunda oportunidad que ya no cree merecer, y qué está dispuesto a desenterrar del pasado para conseguirla.
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