Un historiador reconstruye el momento en que los caminos del hombre y el caballo se separaron para siempre. Desde el recuerdo de una infancia rural de mediados del siglo XX —caballos de tiro, tractores diminutos, establos donde el équido…
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Un historiador reconstruye el momento en que los caminos del hombre y el caballo se separaron para siempre. Desde el recuerdo de una infancia rural de mediados del siglo XX —caballos de tiro, tractores diminutos, establos donde el équido reinaba como un aristócrata— el ensayo remonta siglo y medio de transición hasta la desaparición casi silenciosa de una alianza de seis mil años. Una historia total del último siglo del caballo: energía, saber, imágenes y despedida.
Hay una escena que condensa el libro entero: en una loma alemana de los años cincuenta, un automóvil diésel patina sobre la hierba húmeda, se enreda en una cerca electrificada y queda inmovilizado hasta que un pesado caballo de tiro belga lo remolca a tierra firme. El mundo antiguo rescatando al nuevo, justo cuando el nuevo ya lo había vuelto prescindible.
A partir de esa ironía, el autor emprende una indagación sobre lo que llama la disolución del «pacto centáurico»: la alianza más estable que el ser humano haya sellado con otro ser vivo, más duradera incluso que su vínculo con los dioses. El recorrido va del recuerdo personal —el vaho de los caballos en invierno, los clavos de cabeza cuadrada del herrador, los prados sin alambre de espino porque «no se encarcela a los aristócratas»— al análisis histórico de largo aliento.
Su tesis desafía la intuición: durante casi todo el proceso de mecanización, el número de caballos no descendió, aumentó. La apoteosis del caballo coincidió con el rugido de los primeros motores de combustión, y solo tras la Segunda Guerra Mundial la fuerza de tracción se abarató lo suficiente para provocar el desplome. Seiscientos años de pólvora no lograron destronarlo; cien años de guerra mecanizada bastaron.
El libro se organiza en cuatro movimientos: las historias materiales de ciudades, carreteras, ejércitos y energía; las historias del saber acumulado por criadores, veterinarios, pintores e investigadores, hoy casi perdido; las historias de metáforas e imágenes en que el siglo XIX cifró sus ideas de poder, libertad, grandeza y terror; y un cierre con relatos escuchados, leídos y vividos.
El autor es explícito sobre sus límites: no pretende dar voz al caballo —quien lo intenta, advierte, escribe siempre desde la biblioteca y no desde el establo— ni cerrar el tema con últimas palabras. Elige la comparación antes que la conclusión, y la forma abierta antes que la elegía. El resultno es un libro sobre el caballo, sino sobre el fin de la era en que dos especies hicieron historia juntas. Un ensayo que lee la desaparición de la agricultura y del mundo analógico a través del animal que la sostuvo, y que rastrea cómo, a medida que perdía presencia real, el caballo se volvía más insistente en los sueños, los relatos y el lenguaje de quienes lo habían dejado atrás.
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