CeeCee Adams, fisioterapeuta en un hospital de Houston, ha organizado su vida entera alrededor de una convicción heredada: una maldición gitana lanzada contra su abuela condenó a las mujeres de la familia Jessup a fracasar en el amor.
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CeeCee Adams, fisioterapeuta en un hospital de Houston, ha organizado su vida entera alrededor de una convicción heredada: una maldición gitana lanzada contra su abuela condenó a las mujeres de la familia Jessup a fracasar en el amor. Su estrategia de defensa consiste en salir solo con hombres imposibles —luchadores, escaladores, temerarios— para que ninguna relación llegue nunca a importarle. El plan funciona hasta que un beso impulsivo desordena su amistad con Jack Travis, el médico prudente que vive al otro lado del patio, y él decide que ser el buen amigo de siempre ya no le basta. Lori Wilde construye una comedia romántica ligera sobre la distancia entre lo que una mujer dice querer y lo que se niega a admitir que desea.
Hace cincuenta años, Addie Jessup le quitó el amante a una gitana y recibió a cambio una condena que, según la familia, alcanzaría a tres generaciones de mujeres: ningún matrimonio duraría y ningún varón nacería en la estirpe. Diecisiete divorcios después, su nieta CeeCee Adams lleva la prueba colgada de la muñeca, en una pulsera donde cada dije representa el oficio de un ex marido de la familia. Para CeeCee la maldición no es folclore, sino estadística.
Su manera de sobrevivir a ella es preventiva. Se declara espíritu libre, llena la agenda de karaoke, esquí y torneos de artes marciales, y elige siempre hombres que no le convienen, porque a un hombre que no conviene no se le puede perder nada. La noche en que un luchador profesional al que intentaba reclutar para una subasta benéfica del hospital decide cobrarse la cena en el rellano de su casa, el sistema se rompe: aparece Jack Travis, su vecino y mejor amigo, que se lanza contra un rival treinta kilos más pesado armado únicamente con una bolsa de basura. Sale malparado, pero gana. CeeCee lo besa para agradecérselo y descubre, con pánico, que el beso no se parece en nada a la gratitud.
Jack lleva cinco meses escuchándola narrar el naufragio de sus romances mientras se muerde la lengua. Es metódico, responsable, del tipo que saca la basura de todas las vecinas mayores del complejo los domingos; también es el hermano gemelo de Zack, campeón de motocross y experto en el arte de gustar sin esfuerzo. Cansado de que su bondad se lea como aburrimiento, Jack le pide una cita. Ella lo rechaza mintiendo —“ha sido como besar a mi hermano”— y él responde con la única amenaza que a CeeCee de verdad la asusta: si no puede ser algo más, no seguirá siendo su amigo.
A partir de ahí, la novela pone en marcha el equívoco que sostiene su trama: un malentendido permite que el cauto doctor se haga pasar por su gemelo temerario, es decir, por exactamente el tipo de hombre con el que CeeCee sí se atreve a salir. La maldición, que ella usaba como coartada, se convierte en el terreno donde Jack intentará demostrarle que el problema nunca fue el mal de ojo, sino el miedo que la familia le enseñó a llamar destino.
Escrita con humor físico, secundarias sensatas —una enfermera a punto de casarse y una doctora alérgica a las supersticiones— y un elenco de perros de vecindario que interviene en el momento más oportuno, la historia se apoya en un contraste clásico del género: la mujer que se cree inmune al amor y el hombre paciente que decide dejar de esperar. Bajo la comedia late una pregunta menos ligera: cuántas de nuestras certezas sobre lo que merecemos son en realidad profecías que nosotros mismos alimentamos.
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