Un vaquero sin fortuna reencuentra en un pueblo tejano en plena fiesta del rodeo al amigo cuyo lema —«¡Adelante, Willy!»— siempre lo empujó a soñar en grande, ahora convertido en vendedor callejero de un quitamanchas de dudosa eficacia.
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Un vaquero sin fortuna reencuentra en un pueblo tejano en plena fiesta del rodeo al amigo cuyo lema —«¡Adelante, Willy!»— siempre lo empujó a soñar en grande, ahora convertido en vendedor callejero de un quitamanchas de dudosa eficacia. La pelea que estalla junto al puesto los enfrenta al matón local y los pone en la órbita del hombre que manda en Burger City.
Willy Bruce llega a las puertas de Burger City, treinta millas al sur de Wichita Falls, con dos dólares y veinte centavos, un caballo hambriento y un equipo que se cae a pedazos. Tiene veintiocho años, ninguna fortuna y la certeza melancólica de haberse conformado siempre con trabajos pequeños. Frente a él, la ciudad hierve: es la semana del gran rodeo anual, y hacia el llano confluyen vaqueros, comerciantes, mexicanos de sarape al hombro y viajeros de los estados vecinos, junto con la fauna previsible de tahúres enlevitados, vendedores de ganado imaginario y bandidos que trabajan sin disimulo. Todo ello bajo la vigilancia calmosa del sheriff Fond Abbots, una autoridad que no tanto persigue a los pícaros como los administra: exige permiso y comisión para cada engaño, prohíbe terminantemente la violencia y considera que el dinero que un vaquero pierde jugando iba a quedarse igual en el pueblo, de una forma o de otra.
Mientras reúne el valor para pedir alojamiento sin saber cómo lo pagará, Willy se detiene ante un corro de curiosos y reconoce, atónito, la voz que lleva tres años sin oír: la de Douglas Davies, el amigo que le enseñó que nunca hay que pedir diez dólares cuando se pueden exigir mil, y que ahora vocea pastillas quitamanchas a diez centavos con el aplomo de un gran industrial en viaje de propaganda. El reencuentro es también un ejercicio de complicidad: Willy comprende de inmediato su papel de comprador entusiasta, y la maleta se vacía en minutos. La escena, sin embargo, deja una cuenta pendiente con Jack Kaber, un pendenciero al que Doug ha derribado de un puñetazo delante de todos, y que reaparece en el Three Roses Saloon acompañado y con ganas de cobrarse la afrenta.
De la pelea que sigue —resuelta con una vieja treta de los dos amigos y un disparo certero— nacen dos cosas: la alianza formal entre ellos, con Willy contratado para cortar jabón, envolver pastillas y fingir en los corros, y la advertencia del dueño del saloon, Earl Snake. Kaber no actúa solo: es el brazo derecho de Gregory Harmer, el hombre que domina medio pueblo, aspira a ser gobernador y quiere quedarse con el almacén de víveres de Lawrence Creep y, de paso, con Laly, la sobrina de veinte años del comerciante. Todo se juega en la carrera de velocidad y resistencia del domingo siguiente, diez mil dólares al vencedor, donde Creep ha apostado cuanto tiene por su caballo.
El relato avanza con el pulso ligero del western de quiosco: diálogo rápido, humor de picaresca y una moral que se negocia en cada esquina. Su mayor hallazgo está en la pareja protagonista —el charlatán invencible y el amigo leal que dispara mejor de lo que sospecha nadie— y en un pueblo donde la ley cobra su parte, el fraude tiene reglamento y la línea entre el timador simpático y el poderoso sin escrúpulos se decide, al final, a puñetazos y a caballo.
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