En una callejuela del Albaicín granadino aparece muerto un hombre corriente, y todo apunta a un accidente doméstico. Pero un inspector recién llegado de la policía científica se niega a firmar esa versión, y la autopsia destapa una marca…
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En una callejuela del Albaicín granadino aparece muerto un hombre corriente, y todo apunta a un accidente doméstico. Pero un inspector recién llegado de la policía científica se niega a firmar esa versión, y la autopsia destapa una marca en la piel del cadáver que una forense reconoce al instante: la del hombre que le arrebató la infancia veinte años atrás.
Granada, octubre de 2003. El inspector Josué Garrigues apenas lleva tres meses destinado en la unidad de criminalística de la ciudad y todavía necesita el GPS del móvil para orientarse en el laberinto de cuestas, plazuelas y callejones del Albaicín. Una llamada de su compañera Amalia lo saca del bar de tapas donde intentaba almorzar y lo lleva hasta el número cinco del callejón de San Cecilio: una casa modesta, con la fachada pidiendo pintura y un interior detenido treinta años atrás, donde ha aparecido el cuerpo de Bruno Haba, un hombre solitario y sin aristas. El forense habla de una intoxicación por setas, la Guardia Civil da por hecho un desenlace accidental y el caso parece condenado a cerrarse con el informe toxicológico. Josué, en cambio, se aferra a los detalles que no encajan: la pulcritud excesiva de una vivienda habitada por un hombre solo, el teléfono al alcance de la mano de alguien que nunca pidió auxilio, la lentitud con la que actúa cualquier veneno frente a un moribundo que se limitó a acostarse.
La novela abre entonces su segunda línea. En la sala de autopsias del Hospital Clínico, Alba, ayudante del forense Marcos Prat, trabaja con la distancia profesional de quien hace años dejó de ver rostros y solo ve órganos y protocolos. Esa coraza se quiebra cuando su superior describe en voz alta un angioma con forma de pulpo en la escápula del cadáver. Alba apaga la cámara, pregunta el nombre y comprende que tiene delante, inerte sobre la mesa, al profesor de educación física que marcó su vida a los trece años. Lejos de traerle alivio, la muerte de Bruno Haba le devuelve un miedo antiguo: la certeza de que su historia no termina ahí, sino que empieza otra vez.
A partir de ese reconocimiento, la investigación avanza sobre dos planos que se van estrechando. Josué y Amalia rastrean fotografías, cabellos y análisis en busca de la prueba que convierta un accidente en un homicidio, mientras la vida privada del muerto empieza a revelar una biografía muy distinta de la que sugería su casa apagada. Alrededor de ellos se mueve un elenco de voces reconocibles: la ironía constante de Josué, la ascendencia serena de Amalia, la camaradería de Marcos, la jueza a la que todos llaman la dama de hierro, y la Ingrid que espera a Alba en un piso de la calle Molinos con un café hecho y demasiadas preguntas sin respuesta.
Adarves de rencor es una novela negra de investigación y de memoria, escrita con diálogo rápido y humor de comisaría, que utiliza el procedimiento policial como vía de acceso a un asunto más incómodo: el daño que no prescribe. Granada —sus casas encaladas, el mirador de San Nicolás, la Alhambra recortada al fondo de cualquier calle— no funciona aquí como decorado turístico, sino como el mapa cerrado donde un secreto llevaba veinte años esperando. Porque, como advierte el propio caso desde la primera página, no todo es lo que aparenta.
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