En el Reino de Osdoxa, una isla fundada por refugiados y gobernada con una justicia que sus vecinos llaman utopía, la sombra avanza puertas adentro.
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En el Reino de Osdoxa, una isla fundada por refugiados y gobernada con una justicia que sus vecinos llaman utopía, la sombra avanza puertas adentro. Worrick, un estudiante, cae en manos de encapuchados en un callejón; su hermano pequeño, Yurei, reza junto a la ventana mientras su padre se transforma en algo que ya no sangra rojo. Entre estampas sobre familia, ausencia y sangre, esta novela oscura pregunta si el monstruo se hereda, se elige o simplemente despierta.
A finales del siglo XVII, en una isla que tres siglos antes acogió a medio centenar de fugitivos del norte, el Reino de Osdoxa se ha convertido en una rareza: un trono heredado que revisa sus leyes cada dos años, vacía las arcas reales para paliar hambrunas y se niega a llenar las calles de soldados. Mientras los reinos vecinos caen en guerras civiles y condenan a muerte por herejía, Osdoxa presume de paz. Y esa paz, precisamente, es lo que empieza a envidiarse.
La historia entra por la puerta pequeña. Una noche sin luna, en un callejón cercano a Séphiras, un muchacho de veinte años llamado Worrick toma un atajo equivocado y se cruza con tres encapuchados de ropas nobles que aguardan una visita impuntual. Nunca llega a cenar. En su casa, a unas calles de allí, hay cuatro platos servidos para tres personas: su madre, Margaret, que mira el reloj sin atreverse a hablar; su padre, Damián, minero, devoto y metódico en su crueldad; y Yurei, un niño de doce años que alimenta a una gata callejera por la ventana y reza por un padre que le retira la mirada.
Lo que ocurre esa noche empieza como violencia doméstica y termina siendo otra cosa. Las puñaladas no detienen a Damián: sus heridas se cierran, su sangre se espesa y se tiñe de negro, y algo cruza sus ojos mientras exige a un Dios silencioso una explicación por su condena. La familia se descubre en el centro de una fuerza que no comprende, y el pequeño aprende, entre astillas y sangre, que el cielo puede no responder jamás.
Estructurada como una sucesión de estampas —Familia, Vida, Ausencia, Sangre, Tragedia, Mentira— y abierta por un monólogo, «Ad Noctem», donde una voz ya sentenciada reivindica haber elegido ser demonio, la obra alterna la crónica de un reino y sus intrigas fronterizas con el retrato íntimo de una casa pobre. Hay mitología, fe puesta a prueba, herencia, y una Reina de la Oscuridad a la que el Cielo y el Infierno buscan por igual. El interrogante que sostiene el conjunto se plantea desde la primera página: si alguien te dejara elegir entre vivir con humanos o con monstruos, ¿sabrías distinguirlos?