Sampson Trehune, librero anticuario de Nueva York y sordo profundo desde hace casi treinta años, acepta someterse a una sesión clandestina de acupuntura que promete devolverle el oído.
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Sampson Trehune, librero anticuario de Nueva York y sordo profundo desde hace casi treinta años, acepta someterse a una sesión clandestina de acupuntura que promete devolverle el oído. Lo que empieza como una demostración médica ante un puñado de doctores dispuestos a arriesgar su carrera se convierte en el punto de partida de una intriga en la que Sampson —observador incisivo de manos, gestos y silencios— resulta ser un testigo de una clase muy particular.
La novela abre con una discusión de sobremesa en un restaurante de la Novena Avenida: Sampson Trehune, corpulento, sarcástico y sordo desde hace casi tres décadas, despacha a Freud de un manotazo mientras su amigo, el doctor Robert Abel, intenta advertirle que muchas curaciones atribuidas a la acupuntura podrían tener origen psicosomático. Sampson no quiere oír razones —el chiste es suyo y lo sabe—, porque al día siguiente será, junto a un corredor de bolsa llamado Harrison Wolberg, uno de los dos conejillos de indias de una sesión reservada en la Clínica Altman, dirigida por Henri Voisin, el primer médico occidental que afirma poder curar la sordera con agujas.
Antes de ese viaje a Connecticut, el relato se toma su tiempo para instalarnos en el mundo de Sampson, y ese es uno de sus mayores aciertos. Su departamento cableado con alarmas y ventiladores conectados al timbre; el schnauzer Savonarola Montesquieu Caesar Borgia Stubbs, cuyo parecido con el perro de un Durero de 1492 sirve para espantar a los parientes que insisten en casarlo; el vecino T. J., estrella de doblajes publicitarios que le habla si-la-be-an-do; la televisión como única cantera de palabras nuevas; el comercio de primeras ediciones con el que paga cenas que lo asustan. La sordera no se presenta aquí como carencia sentimental sino como una posición desde la cual mirar: Sampson lee labios, lee manos, lee la incomodidad ajena, y ha desarrollado una desconfianza afilada hacia quienes él llama los Oyentes, esa gente que se marchita en Times Square y vive rodeada de despertadores y teléfonos. La pregunta que lo desvela no es si el tratamiento funcionará, sino si de verdad quiere que funcione.
El segundo movimiento es la demostración misma. Voisin —gris de pies a cabeza, salvo por unas manos que hablan— toma los doce pulsos de Wolberg, explica meridianos y energía universal ante un auditorio dividido entre creyentes y escépticos, y aplica una primera aguja en el punto Ho Ku. Sampson, que ha leído todo lo que existe sobre el tema y ha cortado con plegadera las páginas cerradas de una primera edición de Soulié de Morant, oscila entre la irritación ante la pompa del maestro y el desconcierto de comprobar que el lado sano del rostro paralizado de Wolberg se distiende de verdad. Y en medio de esa lección se desliza el dato que la novela deja caer con toda calma: existen puntos en el cuerpo, de apenas un décimo de pulgada, donde el más leve pinchazo puede causar daños graves y, en algunos casos, la muerte.
De ahí en más, el título hace el resto de la promesa. Dwight Steward construye una novela de enigma con dos motores poco habituales: un detective involuntario que no puede oír una conversación pero advierte lo que las manos delatan, y un método criminal que la medicina occidental apenas sabe nombrar. El humor —seco, culto, a menudo dirigido contra los médicos y contra sí mismo— convive con una atmósfera de sospecha creciente en un ámbito cerrado, donde todos los presentes tienen algo que perder por el solo hecho de estar allí. El resultado es un policial que interroga, de paso, qué significa curar, qué significa ser normal y de qué está hecha la única medicina que les queda a los que sufren: la esperanza.