Once poemas componen una sola meditación sostenida sobre el tiempo que no pasa y el yo que no acaba de existir. De una pieza inicial breve y rimada, donde el instante queda petrificado como en un diamante, el conjunto se abre a…
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Once poemas componen una sola meditación sostenida sobre el tiempo que no pasa y el yo que no acaba de existir. De una pieza inicial breve y rimada, donde el instante queda petrificado como en un diamante, el conjunto se abre a composiciones largas y discursivas —una partida de póker, un grupo escultórico bajo la nieve, las sesiones de cine casero de la infancia, los jazmines de Florencia— que parten siempre de una imagen concreta para pensar la pérdida, la memoria y la nada. Poesía reflexiva, de lectura lenta, más interesada en sostener una pregunta que en cerrarla.
El conjunto reúne once poemas que, sin contar una historia, avanzan como un único razonamiento en verso. Abre una pieza breve y rimada, «El tiempo del diamante», que fija el programa del libro en cuatro gestos: mirar las cosas transformadas por la quietud del instante, verlas petrificadas en su distancia, oírlas caer en la nada y escucharlas resucitar en un destello. Todo lo que sigue amplía, complica y pone a prueba esa secuencia.
El segundo poema inventa un verbo —«yoyear»— para nombrar lo que hace la primera persona cuando ya no consigue sostenerse: producir remedos de un discurso sin lengua, interrumpido siempre por el agua. De ahí sale la pregunta que recorre el volumen, formulada sin rodeos: el yo solo se manifiesta en su pérdida, y su nombre termina resolviéndose en un juego fónico —ego, eco— que lo deja reducido a resonancia. La voz que habla ha establecido su patria en las palabras y descubre que ese domicilio es también un espejo que devuelve un mundo claro por demasiado oscuro.
Las composiciones centrales trabajan a partir de una imagen concreta y la dejan crecer hasta volverla pensamiento. Una partida de cartas bajo una vela fúnebre se convierte en modelo de una identidad hecha de posiciones y figuras que todo jugador acaba por perder, con el lienzo craquelado y el agua mortuoria como signos del deterioro. Un grupo escultórico de Sankt-Gallen —una joven que conduce un caballo ladera abajo— revela, visto por fin desde un ángulo hasta entonces ignorado, una marcha que no cesa porque ocurre fuera del tiempo aunque no del lugar. Y las proyecciones de cine casero de los domingos de invierno, con sus cómicos de otra época, devuelven una infancia que la memoria reescribe mientras el propio poema admite la sospecha de estar añadiendo a lo ya sido el óxido de lo que no pasó.
Junto a ellas aparecen piezas más breves y frontales. Una anotación a Keats iguala belleza y dolor como magnitudes que exceden la medida del hombre y que solo se soportan porque morimos. Un poema florentino hace del jazmín, a la vez, nieve y escala musical, y convierte el olor en medida del tiempo. Una «quête» toma la materia de Bretaña como emblema de una búsqueda cuyo reino nadie ha visto, y se dirige de frente al lector para negarle con cortesía la realidad, incluyéndolo en el mismo azar de dados que decide los nombres. «Destiempos» narra en primera persona un desajuste biográfico —haber nacido a destiempo del propio siglo— que desemboca en una región extraña, sin yo, sin lengua y sin país.
El tramo final busca una despedida: un consejo escéptico sobre el río de la vida y sus meandros, la petición de ser devuelto a la nada y esparcido como ceniza, y un autorretrato al pie de una naturaleza muerta donde quien habla se define y se desdice sucesivamente como hombre del Sur, del Norte y de ninguno de los dos. Recorren el libro unos pocos materiales obstinados —nieve, agua, bronce, oro fúnebre, ceniza— y un léxico tomado de la pintura que trata cada escena como cuadro, con su punto de fuga y su marco a punto de desaparecer. El tono es reflexivo y elegíaco: largas tiradas de verso libre interrumpidas por preguntas que rara vez obtienen respuesta y por estribillos que regresan, como la sensación borrosa de la pérdida o las tardes de domingo de invierno. Varias dedicatorias, alguna in memoriam, sitúan estos poemas en una conversación con lectores concretos.
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