Novela de Daniel Hermosel Murcia que entrelaza dos voces separadas por veinte años: la de Marina, una joven de capital de provincias cuya vida cambia de rumbo en una sola noche, y la de su hijo, un adulto de rutina medida que reconoce en…
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Novela de Daniel Hermosel Murcia que entrelaza dos voces separadas por veinte años: la de Marina, una joven de capital de provincias cuya vida cambia de rumbo en una sola noche, y la de su hijo, un adulto de rutina medida que reconoce en el escaparate de una casa de empeños la guitarra de su tío. Construida como un disco —obertura, interludio y coda incluidos—, «Acordes bastardos» habla de herencias no elegidas, de lo que se calla dentro de una familia y de la música como única lengua capaz de nombrarlo.
Todo empieza con una confesión imposible: alguien cuenta, en pasado y con calma, cómo fue morirse. De ese umbral arranca «Acordes bastardos», una novela que se organiza como una obra musical —una obertura, catorce movimientos, un interludio en el centro exacto y una coda— y que avanza alternando dos tiempos y dos maneras de contar.
En uno de ellos, la narración sigue a Marina en una noche que había empezado torcida: una discusión con su amiga Ceci en un bar de barrio, un paseo a solas por calles vacías bajo la luz naranja de las farolas y un coche que frena a su lado. Dentro va su hermano Andrés, obsesionado con la música y convencido de que el talento basta; también va David, un chico callado que acaricia una cajita de madera con motivos celtas y responde a las preguntas con acertijos. Esa noche —una fiesta de despedida antes de que él parta al Sáhara para cumplir el servicio militar— deja una consecuencia que Marina cargará el resto de la novela. A partir de ahí, el relato se vuelve crónica de una precariedad concreta y reconocible: turnos mal pagados en un hotel, planchar por horas en casas ajenas, una madre que trabaja de noche en una fábrica con rumores de ajuste, una guardería que hay que pagar y un hijo al que le cuesta mirar a los ojos porque son los ojos de otro.
En el otro tiempo, contada en primera persona y en presente, aparece la voz de ese hijo ya adulto: despertador, autobús de extrarradio, cercanías, un tren perdido por doce minutos, la oficina esperando. Un desvío casual por una calle desconocida lo deja frente al escaparate sucio de una casa de empeños, donde hay una Gibson SG del sesenta y tres a la que le falta la segunda cuerda. La guitarra es idéntica a la que tocaba su tío Andy, el hombre que lo cuidaba por las tardes en un piso pequeño sobre una relojería, entre cojines de colores y relojes que daban las horas a destiempo, y que le enseñó su primer acorde y también aquellos «acordes bastardos» que mezclan dos y no acaban de sonar como ninguno.
La imagen da nombre al libro y también lo explica. Hermosel usa esa mezcla imposible de identificar como metáfora de una filiación turbia, de los relatos familiares que se transmiten a medias, de las versiones que cada uno se construye para poder seguir viviendo. Los títulos de los capítulos —guiños explícitos al repertorio de Pink Floyd— funcionan menos como decorado que como partitura emocional: marcan el pulso entre la huida y el regreso, entre la máquina que engulle los días y la memoria que los devuelve.
El resultado es una novela breve de arquitectura muy medida, escrita con oído para el habla —diálogos rápidos, sucios y verdaderos— y con una honestidad poco complaciente hacia sus personajes: nadie es del todo culpable, nadie queda del todo absuelto. Interesará a quien busque narrativa española contemporánea sobre familia, clase y herencia; a quien haya crecido con un disco puesto en bucle; y a quien acepte el pacto que la novela propone desde la primera página, cuando un muerto se ríe a carcajadas y decide contarlo todo desde el principio.
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