En una casa de Beverly Glen con las cortinas siempre echadas, un guitarrista con las manos destrozadas cuida de día lo que una vampira necesita para sobrevivir de noche.
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En una casa de Beverly Glen con las cortinas siempre echadas, un guitarrista con las manos destrozadas cuida de día lo que una vampira necesita para sobrevivir de noche. Keith fue músico, adicto y amante de una modelo que se quitó la vida; ahora es el cómplice diurno de Justine, criatura sin memoria ni culpa. Entre confesiones en el sofá, robos que se planean a sus espaldas y una noche de 1837 en Virginia, la novela mide la distancia exacta entre estar vivo y estar solamente despierto.
Keith tiene veintiocho años y ya ha perdido lo esencial: la mujer que amó, el grupo con el que grabó un disco de éxito y unas manos que hoy apenas logran abotonar una camisa. Tras el «accidente» que le laceró los dedos vinieron los analgésicos, la heroína y la desaparición de la vida pública. La mordedura de Justine debía cerrar esa historia, pero su sangre resultó demasiado sucia para el paladar exigente de una vampira: en lugar de matarlo, lo conservó a su lado, atado por una dosis mínima de veneno y por un vínculo telepático que ninguno de los dos sabe nombrar.
Lo que sigue no es una cacería, sino una convivencia. De día, Keith administra la casa prestada, duerme hasta bien entrada la tarde y espera en el jardín, entre hibiscos y cactus, a que el sol se hunda. De noche conversan en el sofá: él le cuenta lo que nunca contó a nadie —Renata Spengler, la modelo cuyo aborrecimiento de sí misma terminó en un funeral en Caracas—, y ella responde con astillas de recuerdo: un campo, una hermana, un sol blanco. Lo poco que sobrevive a una vida sin historia.
Alrededor de esa quietud, el libro abre ventanas. La mujer que limpia los lunes fotografía en secreto los muebles y calcula el botín con sus primos. Un joven de Virginia, en 1837, camina hacia su casa pensando en su prometida y encuentra en el bosque a una desconocida pálida de manos heladas. Un desierto nocturno se repite como un sueño del que Keith no consigue salir: entierra a Justine una y otra vez y ella siempre reaparece en el asiento del copiloto, muda. La infancia en San Luis, la hamaca en el jardín, el amplificador robado por un dueño de club sin escrúpulos completan el mapa de alguien acostumbrado a que le quiten cosas.
Escrita en presente, con frases secas y una atención casi clínica a la luz, la temperatura y la piel, la obra usa el vampirismo menos como amenaza que como diagnóstico. La sangre se comporta igual que la droga: alimenta, emborracha, a veces apenas devuelve la sobriedad. Y la pregunta que consume a Keith —qué hacer con ella, si destruirla traería alguna paz— es también la pregunta por su propia condición intermedia. No muertos los dos, dice él. Vivos, pero apenas.