Valencia, noviembre de 1974. En el piso de su amiga Gerda, entre copas de vino, la voz de Edith Piaf y la luz naranja de una pantalla de seda, Vera intenta decir algo que no consigue pronunciar.
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Valencia, noviembre de 1974. En el piso de su amiga Gerda, entre copas de vino, la voz de Edith Piaf y la luz naranja de una pantalla de seda, Vera intenta decir algo que no consigue pronunciar. Ese silencio abre un relato que retrocede a 1966, cuando una niña de doce años entra en una escuela de arte y descubre, sin nombre todavía para ello, que mira a otra chica de un modo distinto. Una novela sobre el deseo aprendido en secreto bajo el franquismo y sobre el momento exacto en que alguien pregunta lo que hace falta.
Hay conversaciones que duran años antes de empezar. La de Vera comienza un viernes de noviembre de 1974, en la salita de su amiga Gerda, con las manos sudadas sobre las rodillas del vaquero, la mirada clavada en un arañazo del parqué y las palabras agarradas al estómago como garras. Han cenado, han bebido dos botellas, han hablado de novios, de virginidades perdidas en Zúrich, de un regalo del día de la madre que un padre despreció hace mucho. Cuando llega el turno de Vera, no sale nada. Es Gerda quien, encorvándose para buscarle los ojos, formula por fin la pregunta.
Desde ahí la novela se despliega hacia atrás. Octubre de 1966: un padre acompaña a su hija de doce años a su primer día en una escuela de bellas artes, donde el parte de guerra del Generalísimo sigue rotulado en cerámica sobre la escalera. En el aula de modelado, entre barro robado, muros húmedos y caballetes alineados, una compañera mayor le pide un lápiz y le devuelve una sonrisa de dientes montados. Vera empieza a llevar la cuenta de cosas que nadie más nota: un anillo prestado que se prueba a escondidas, un abrigo verde jaspeado, unos mocasines, la manera en que Susana mete las puntas de los pies hacia adentro. Escribe un nombre en el vaho del espejo y lo borra con la toalla.
Entre esos dos tiempos, la obra construye el mapa íntimo de una educación sentimental clandestina: la cama plegable bajo el estante, la abuela y la plancha, el tren de menos cuarto, los sueños recurrentes, las noches frente a una fuente de la Alameda donde dos mujeres de piedra prometen paz, amor y armonía social. Vera calcula qué estaría dispuesta a entregar —dedos, años de vida, un viaje a pie hasta Rusia— por bailar con una chica, y se pregunta dónde estarán las otras, si es que existen.
Escrita en una prosa de detalle minucioso y temperatura contenida, donde los objetos cargan lo que las bocas callan, es la crónica de una identidad que tarda ocho años en encontrar su nombre, y de la amistad que le abre la puerta.