Tras un accidente de tráfico en el que mueren sus padres y del que ella sale sin un solo rasguño, Karen Stewart deja Madrid y se instala con su abuela en Weither, un pueblo estadounidense de mil ciento veinte habitantes.
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Tras un accidente de tráfico en el que mueren sus padres y del que ella sale sin un solo rasguño, Karen Stewart deja Madrid y se instala con su abuela en Weither, un pueblo estadounidense de mil ciento veinte habitantes. Allí la esperan un instituto nuevo, un grupo de amigos que la acoge enseguida y un compañero de ojos violetas al que jura haber visto antes en sus pesadillas. Cuando esos amigos le piden ver el colgante de plata que lleva desde niña —un carcaj con flechas que apareció en su bolsillo el día que estuvo a punto de ahogarse en Irlanda—, Karen descubre que su duelo es solo el principio: alguien lleva años buscándola, y el accidente no fue un accidente.
«Acedión» arranca donde suelen terminar otras historias: en la habitación revuelta de una adolescente que se despierta con la misma pesadilla de cada noche, la reproducción exacta del choque en el que perdió a sus padres. Karen Stewart lo recuerda todo con una nitidez insoportable —el coche volcado, la llamada a la policía, el arrastre hasta el camino, la explosión, las horas en el hospital— salvo un detalle que el sueño le devuelve por primera vez: una mano firme que le soltó el cinturón y tiró de ella hacia la ventanilla rota. Cuando despertó, no había nadie.
La novela sigue esa herida hasta Weither, el pueblo de su abuela, donde Karen intenta reconstruirse con las herramientas más ordinarias posibles: un Chevrolet restaurado que le regalan los vecinos, una cachorra de bóxer llamada Elea, una taquilla con combinación, clases de literatura castellana en las que lleva ventaja y clases de historia americana en las que no. Irene Vicente narra en primera persona y en pasado, con un ojo atento a lo doméstico —el olor del desayuno, el ruido de la ducha, las hojas rojizas que se dejan caer sobre el césped del instituto— que hace que lo extraordinario, cuando llega, aterrice sobre suelo firme.
Y llega por partida doble. Primero como atracción: Nathan Price, el chico que nadie trata y del que todos hablan, cuyos ojos violetas son exactamente los que Karen ha visto dormida, y sobre el que circula por el pueblo una leyenda que nadie se atreve a explicar del todo. Después como revelación: en una casa llamada Cascada, Amy, Lindsay, Ethan y Byron le explican quiénes son ellos, qué es ese carcaj de plata que le cuelga del cuello y por qué la nota anónima que lo acompañaba —escrita con tinta roja, guardada desde los seis años— anunciaba una guerra que empezaría el día en que ella conociera la verdad.
A partir de ahí, el libro cruza la novela de duelo con la fantasía angelical: jerarquías celestes con funciones repartidas, un enemigo llamado Eldur —«incendio» en islandés— que tiene motivos concretos para querer a Karen muerta, un eclipse lunar que marca el calendario del conflicto y una profecía que, para incomodidad de todos, ha dejado de cumplirse tal y como estaba escrita. Nadie puede enseñarle a Karen a usar su elemento, porque no queda nadie de los suyos en libertad para hacerlo.
Los capítulos son breves y avanzan por escenas, alternando la comedia ligera del instituto y las fiestas en la playa con secuencias de amenaza abierta: una llamada de número oculto con voces distorsionadas, un paseo con la perra que termina en el bosque, una criatura encapuchada sin rostro y dos flechas de plumas negras disparadas por alguien que no da la cara. Es una fantasía juvenil de tono accesible y ritmo rápido, atenta al romance y a la amistad, pero construida sobre una pregunta que la sostiene entera: si Karen sobrevivió a todo aquello, ¿quién decidió que sobreviviera, y a cambio de qué?