En la Academia Minerva, la escuela más antigua y prestigiosa de Nohabe, el mejor expediente de la región concede cada año una beca a una estudiante sin apellido ni fortuna.
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En la Academia Minerva, la escuela más antigua y prestigiosa de Nohabe, el mejor expediente de la región concede cada año una beca a una estudiante sin apellido ni fortuna. Ese lugar le toca a Diana Lantana, decidida a llegar al Consejo Regional después de que su hermana Carlota renunciara sin dar explicaciones al puesto que tanto le costó ganar. Su compañera de habitación es Álex de la Encina, hija de una familia noble obsesionada con el poder y dispuesta a lo que sea para que su madre y su padre la mire por fin con orgullo. Entre una magia que siempre cobra su precio, una diosa cuyas enseñanzas cada bando interpreta a su conveniencia y un recuerdo que a Carlota se le escapa cada vez que intenta alcanzarlo, la rivalidad de las dos jóvenes se convierte en la grieta por la que asoma algo mucho más grande que ellas.
Nohabe es la capital de una sociedad regida por mujeres, gobernadoras y consejeras, donde la fe en la diosa Minerva se ha escrito dos veces: una en las Antiguas Escrituras que se transmiten de madres a hijas en los pueblos, y otra en los Códices que una gobernadora mandó redactar hace doscientos años para que la historia encajara con sus intereses. De esa doble versión nace una fractura que atraviesa el relato entero: quién tiene derecho a aprender magia, quién tiene derecho a gobernar y quién debe conformarse con servir.
La magia de este mundo nunca es gratuita. La llamada core se canaliza a través de las emociones y se paga con el propio cuerpo; la mense evita ese coste, pero engendra nosencias, criaturas capaces de deteriorar todo aquello que se parezca a lo que el hechizo reparó. Las familias adineradas pueden permitirse guardianas que limpien esos restos. En las aldeas, en cambio, se aprende a no hacer magia salvo cuando la alternativa es peor.
Diana Lantana llega a la Academia Minerva con una maleta a punto de romperse, una falda heredada de su hermana y un objetivo muy claro: ser la mejor de su promoción y sentarse en el Consejo Regional para cambiar desde dentro lo que su hermana Carlota abandonó. Enfrente tiene un temario que nadie le enseñó, un Cálculo de Energías pensado para quien creció entre hechizos y unas compañeras que han decidido de antemano que ella no pertenece a ese lugar.
Álex de la Encina ha crecido en el otro extremo de esa desigualdad y no por eso está en paz. Es aguda, cruel cuando le conviene y profundamente insegura; ha convertido el desprecio hacia las becadas en una forma de sobrevivir a la mirada de su propia familia, que solo concede valor a quien trabaja para el gobierno. Su hermana mayor, Berta, eligió otro camino y lo pagó con el destierro doméstico, aunque también, quizá, con la libertad.
Encerradas en la misma habitación, obligadas a compartir clase, biblioteca y silencios, Diana y Álex se dedican a estudiarse como se estudia a un rival. Alrededor de ellas circulan fantasmas corteses, profesoras que temen un nuevo castigo divino, urracas mensajeras que solo trabajan a cambio de algo brillante y una estadística macabra que todas dan por natural: cada curso muere alguna estudiante.
Sobre todo esto planea el prólogo. La renuncia de Carlota ante cinco consejeras que sonríen mientras dicen lamentarla, los peldaños que no recuerda haber subido, las palabras que salieron de su boca sin que ella las eligiera. El lector sabe desde la primera página algo que Diana ignora, y esa distancia convierte cada logro académico y cada humillación en el pasillo en piezas de una amenaza que aún no tiene nombre. Una novela de academia mágica que usa la rivalidad adolescente para hablar de clase, de fe manipulada y del precio que se cobra el poder.
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