Reunidas por el periodista cubano Luis Báez, más de doscientas voces —jefes de Estado, escritores, científicos, religiosos, deportistas, diplomáticos e incluso adversarios declarados— responden a una sola pregunta sobre Fidel Castro.
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Reunidas por el periodista cubano Luis Báez, más de doscientas voces —jefes de Estado, escritores, científicos, religiosos, deportistas, diplomáticos e incluso adversarios declarados— responden a una sola pregunta sobre Fidel Castro. El resultado es una biografía coral, armada con entrevistas, discursos y memorias recogidos a lo largo de décadas, que retrata al líder cubano desde el testimonio ajeno y desde una perspectiva abiertamente afín a la Revolución.
Hay libros que no se escriben de un tirón, sino que se sedimentan. Este pertenece a esa estirpe: nació, según cuenta su propio autor, el día en que un joven reportero se cruzó por primera vez con Fidel Castro, y siguió creciendo durante años de redacción nocturna, archivo revisado y libreta abierta. Luis Báez, uno de los entrevistadores más persistentes de la prensa cubana del siglo XX, aplicó aquí un método de una sencillez casi terca: preguntar a mucha gente lo mismo y dejar que las respuestas se ordenen solas.
El volumen recoge doscientas treinta y seis valoraciones sobre el líder cubano. Algunas proceden de entrevistas realizadas por el propio Báez a lo largo del proceso revolucionario; otras fueron rescatadas de memorias, discursos, despachos diplomáticos y trabajos periodísticos dispersos. El abanico de firmantes es deliberadamente amplio: presidentes africanos y latinoamericanos, un cardenal del Vaticano, un premio Nobel de la Paz, un embajador soviético, un dramaturgo estadounidense, una bailarina, una atleta, un babalao, un sacerdote jesuita que fue su profesor de colegio, un general que dirigió la OTAN, escritores como Alejo Carpentier o Augusto Roa Bastos. Cada entrada llega fechada y con su procedencia, de modo que el lector puede seguir el rastro documental de lo que lee.
Esa dispersión de fuentes produce un efecto particular. En lugar de una vida narrada en línea recta, el libro ofrece un mosaico de instantáneas: la conversación de madrugada en una nunciatura, la tienda de campaña vislumbrada entre los árboles en Holguín, las horas junto al mando militar durante la Crisis de Octubre, las visitas diarias a un hospital, el congreso estudiantil en la Bogotá de 1948. De la superposición emergen rasgos que se repiten sin haberse acordado —la voluntad, la memoria, la conversación interminable, la austeridad personal— y que acaban funcionando como el hilo que cose el conjunto.
El marco es explícitamente militante. Tanto el prólogo de la periodista Rosa Miriam Elizalde como la nota introductoria del compilador declaran su admiración por el biografiado, y la selección se inclina de forma clara hacia la valoración favorable, aunque incluya observaciones de adversarios políticos y miradas que el propio autor califica de no siempre devotas. Conviene leerlo sabiendo eso: no es un ejercicio de contraste historiográfico, sino un monumento testimonial construido desde dentro de la Revolución cubana.
Leído así, el interés del libro es doble. Por un lado, funciona como archivo: reúne en un solo lugar materiales que estaban repartidos en publicaciones, entrevistas inéditas y documentos de difícil acceso, con la trazabilidad suficiente para servir de punto de partida a quien investigue. Por otro, es un documento sobre la construcción de una figura pública —sobre cómo se fabrica y se transmite una imagen a través de quienes la rodean—, y en ese sentido dice tanto de las voces convocadas y de su época como del hombre al que describen.
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