Jimmy Montone, detective estrella del Departamento de Policía de Nueva York desde que detuvo a un asesino en serie, acepta que el escritor británico Terry Keyes lo acompañe en su trabajo para documentar una novela.
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Jimmy Montone, detective estrella del Departamento de Policía de Nueva York desde que detuvo a un asesino en serie, acepta que el escritor británico Terry Keyes lo acompañe en su trabajo para documentar una novela. La muerte de un célebre presentador de televisión, caído desde un piso treinta y cinco, se convierte en el caso que ambos compartirán. Lo que parece un suicidio confesado ante una cámara esconde un homicidio meticuloso, y la amistad entre los dos hombres tampoco es obra del azar.
Nueva York, finales de los noventa. James «Jimmy» Montone es el detective más visible del cuerpo de policía de la ciudad desde que puso fin a la carrera de Wendell Sligo, un asesino en serie que mantuvo en vilo al país entero. Esa notoriedad tiene un precio: entrevistas, gabinetes de prensa y un desfile de periodistas a los que debe atender. Por eso, cuando le piden que reciba a Terry Keyes —un novelista británico de éxito que prepara un libro sobre el crimen—, Montone acude sin entusiasmo y descubre, para su sorpresa, a alguien inteligente, sin sensiblería y más interesado en el método que en el morbo. Sellan un pacto: Keyes podrá seguir un caso de principio a fin, hasta el último detalle.
El caso llega esa misma noche. Un presentador de televisión de fama nacional se estrella contra la acera de la calle Sesenta y nueve tras atravesar la ventana de su ático. En la moqueta, en el gimnasio, en la ducha todavía húmeda, Montone lee la coreografía doméstica de una velada corriente interrumpida de golpe. Y en el vídeo del salón aparece una cinta: el rostro sin máscara del locutor confesando ante la cámara una traición a sus espectadores y aceptando su castigo. Un suicidio con guion, filmado y firmado.
Pero los fragmentos de cristal incrustados en la frente y no en las manos, el cerrojo manipulado de la puerta de servicio y la gravilla removida en la azotea contradicen esa versión. Alguien escribió la escena antes de que ocurriera. A partir de ahí la novela avanza en dos planos: la investigación policial, narrada con una precisión procedimental que no ahorra jerarquías, papeleo ni presiones políticas, y la voz de un manuscrito sin título que se dirige al lector en primera persona, le exige discreción y admite que matar resulta tan estimulante como se dice.
Eric Bowman construye un thriller de suspense invertido donde el lector sospecha mucho antes que el detective y donde la tensión no nace de la identidad del culpable, sino de la lentitud con que un hombre honesto comprende que la amistad que le ofrecieron no fue casual, que él mismo forma parte del material y que la vanidad —la suya, la del muerto, la de una ciudad entera fascinada por sus propios reflejos— es la puerta que el asesino deja siempre entreabierta.