Un jueves cualquiera, un cobrador recorre los noventa metros que separan la sucursal bancaria del coche de la empresa con catorce mil cuatrocientas veinticinco libras encadenadas a la muñeca.
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Un jueves cualquiera, un cobrador recorre los noventa metros que separan la sucursal bancaria del coche de la empresa con catorce mil cuatrocientas veinticinco libras encadenadas a la muñeca. Lo que ocurre después —un atraco fingido, tres uniformes robados y una policía burlada en su propio terreno— pone en marcha una investigación humillante y, más tarde, un proceso imposible. David Adams, abogado de segunda fila en las cámaras del Temple, se ve empujado por el azar hasta el centro del caso, y descubre que el reparto entre culpables e inocentes no coincide siempre con el que dibujan las pruebas.
El robo está construido con una economía perfecta. William Brane cumple la misma rutina semanal desde hace años: retira la nómina de la fábrica, encadena la cartera a su muñeca y baja por la calle hasta el coche aparcado en la esquina. Esta vez, unos pasos apresurados a su espalda, un tirón, dos mujeres que miran sin entender y un coche negro que frena en seco del que bajan dos agentes uniformados. Los testigos ven una detención ejemplar y siguen su camino. Nadie llama a la policía, porque la policía —aparentemente— ya está allí.
La maquinación tarda horas en revelarse. Tres agentes verdaderos aparecen atados, amordazados y en paños menores entre los escombros de unos lavaderos incendiados, atraídos hasta allí por una falsa alarma; el coche patrulla robado se encuentra en un bosquecillo a las afueras, con un hombre agonizante encajado entre los asientos. A partir de ahí, la novela sigue de cerca el trabajo del inspector Dreasley y de un superintendente que sabe exactamente cómo se leerá el episodio en los periódicos: uniformes prestados a un delito, quince mil libras desaparecidas y un laboratorio que devuelve un pañuelo sucio, un guante basto y ningún nombre. Los archivos no registran a ningún grupo de cuatro hombres que trabaje así. Los ladrones no eran de la ciudad, pero la conocían palmo a palmo.
En paralelo transcurre otra vida, la del derecho. Bajo los retratos al óleo de antiguos jueces, entre el vino, la carne dura y las multas rituales por arrojar bolitas de pan, los abogados de un antiguo colegio conversan sobre honorarios menguantes y causas poco rentables. Allí, David Adams admite que apenas toca lo penal. La causa que llega a sus manos —tres hombres acusados de robo con violencia— parece al principio otro expediente más, hasta que una entrevista con uno de los acusados lo obliga a rechazar la defensa. Es entonces cuando el ámbito de violencia y sufrimiento abierto por el atraco deja de ser materia procesal y lo alcanza de forma personal, y cuando Adams llega a una conclusión que ningún cálculo profesional respalda: tiene que defender a esos presos, y tiene que arrancar un veredicto de inculpabilidad que todo el mundo considera imposible.
La fuerza del libro está en el ensamblaje de sus dos mitades. El procedimiento policial —interrogatorios, informes de laboratorio, reconstrucciones, la irritación de los superiores— sostiene con precisión documental la parte criminal; el marco jurídico, tratado con conocimiento de oficio y sin solemnidad, sostiene la parte forense: procuradores, pasantes, fiscales, jueces y el minucioso protocolo de un tribunal inglés. Alrededor de Adams se mueve una galería de secundarios trazados con observación aguda y diálogo seco, del maleante listo y decidido al detective que discute con el médico forense sobre marcas de tabaco. El resultado es una novela de intriga judicial que trabaja menos sobre el enigma de quién lo hizo que sobre una cuestión más incómoda: qué debe hacer un abogado cuando la verdad que conoce y la verdad que puede probar apuntan en direcciones distintas.
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