Domiana Rey tiene diecisiete años y una vida corriente en el pueblo de Phermonth hasta que, a metros de cruzar la meta en una carrera de cien metros, su corazón se detiene.
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Domiana Rey tiene diecisiete años y una vida corriente en el pueblo de Phermonth hasta que, a metros de cruzar la meta en una carrera de cien metros, su corazón se detiene. El diagnóstico —miocardiopatía dilatada— le pone plazo a todo: seis meses para encontrar un donante compatible. Ese mismo verano conoce a Gerard, un músico recién llegado de Manhattan, y lo que empieza como amistad se convierte en la razón por la que quiere quedarse. Narrada por ella misma, «A un corazón del cielo» es la crónica íntima de una estación en la que caben el miedo, la risa y un amor que llega justo cuando el tiempo escasea.
Antes de aquel sábado, Domiana Rey se describía a sí misma como una chica del montón: notas suficientes para no repetir, un estilo propio que nunca fue el de moda, un grupo pequeño de amigas y una tristeza de fondo que arrastraba desde los trece años, cuando un accidente de tránsito se llevó a su madre. Correr fue la idea de su padre para ayudarla a sobrellevar la ausencia, y aunque no curó nada, le dio algo a lo que sostenerse: era la más veloz de su equipo en los cien metros.
El verano recién empezaba cuando, a pocos metros de la meta y con la voz de su padre alentándola desde las gradas, un dolor le atravesó el pecho y la derribó sobre la pista. Despertó cuatro días después en un hospital, con su padre a un lado y Sarah —la pareja de él, con quien nunca terminó de tender puentes— al otro. El informe médico llegó en un sobre naranja: miocardiopatía dilatada, un corazón agrandado y debilitado que ya no bombea como debe. Se acabaron las carreras; con el tiempo, hasta subir una escalera podría costarle. Y una condición sin rodeos: sin un donante de sangre B negativo en los próximos seis meses, no habrá historia que contar.
Domiana se encierra en su habitación durante días, buscando en series, libros y música una respuesta a la única pregunta que sabe formular. Cuando por fin sale, vuelve al lugar donde todo se rompió: la pista. Allí abraza a Hannah, su mejor amiga —desinhibida, enamoradiza, su opuesta exacta— y le confía el plazo bajo una condición: nadie más debe saberlo, porque no quiere lástima ni un verano gobernado por la enfermedad. Quiere que todo siga su curso.
Esa misma tarde, un compañero de clase le presenta a Gerard, un chico llegado desde Manhattan para acompañar a su madre tras la muerte de la abuela. Trae una guitarra y un sueño que su padre considera una fantasía inútil. Se sientan juntos en las gradas, él canta, ella escucha, y de esa conversación sale un pacto sencillo: él compondrá algo propio y ella será la primera en oírlo. Lo que empieza como amistad —salidas al arroyo en las afueras del pueblo, tardes de calor, conversaciones que se estiran— se vuelve, sin que ninguno lo busque, la mejor época de su vida.
Escrita en primera persona y en tono confesional, la novela alterna la crudeza del vocabulario médico con la ligereza de un verano adolescente: la amistad que sostiene, el duelo que no termina, un padre que rehace su vida y una hija que todavía no sabe cómo permitírselo. Diego Alejandro Rivera construye un relato sobre la fragilidad de los planes y sobre lo que ocurre cuando alguien decide vivir el tiempo que le queda en lugar de contarlo.