Serena Montalvo roba diamantes y vacía cuentas bancarias con la misma frialdad, hasta que el golpe que debía comprarle una vida nueva se convierte en una emboscada.
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Serena Montalvo roba diamantes y vacía cuentas bancarias con la misma frialdad, hasta que el golpe que debía comprarle una vida nueva se convierte en una emboscada. Traicionada por sus propios socios y arrojada al vacío, despierta en una ciudad de carruajes, casacas rojas y hogueras donde la palabra bruja se pronuncia demasiado pronto. Escondida en una caja de carga, termina a bordo de un barco de contrabandistas, frente a un capitán que decidirá si vive o se hunde.
La noche en que Serena Montalvo decide retirarse es también la noche en que su equipo decide matarla. El diamante rojo que sostiene contra la luz de la luna debía ser el último trabajo, el precio exacto de una identidad nueva; en cambio, sobre el balcón de la casa que acaba de desvalijar descubre que sus propios extractores han aceptado una recompensa por su cabeza. Hay golpes, una navaja en la garganta, un disparo que ella misma reparte y, después, una caída por un pozo que no termina nunca: colores, música, risas de niños y mariposas doradas antes del silencio.
Serena despierta sobre un montón de heno, en un mundo donde su traje ceñido y sus botas de casquillo la delatan como algo peligroso. Es un puerto inglés de finales del siglo dieciocho: carruajes, vestidos pesados, un hospital sin higiene, guardias con mosquetes y una multitud dispuesta a llamarla bruja y a encender la hoguera. Ella responde como le enseñó su padre —peleando, corriendo por los tejados, negándose a admitir que no se trata de un sueño— y se esconde en una caja del muelle que, horas más tarde, resulta estar en la bodega de un barco.
A bordo la esperan veinte hombres armados, un contrabandista de dientes de oro, un cocinero amable llamado Nicholas Barden y un capitán de cabello negro y mirada de acero que la interroga, le confisca sus objetos imposibles —analgésicos, un encendedor, un teléfono que ella alcanza a ocultar en la bota— y le concede una libertad condicionada: puede quedarse hasta el próximo puerto mientras no moleste a la tripulación.
Entre la lluvia sobre la cubierta y la certeza de que nadie vendrá a rescatarla, Serena empieza a medir el costo de su historia: la deuda con un padre que la entrenó para sobrevivir, el enemigo que puso precio a su nombre en el mundo del que viene y la sospecha, discutida con un capitán que no cree en el destino, de que fueron sus decisiones —y no la casualidad— las que la trajeron hasta aquí.
Aventura y viaje en el tiempo narrados en primera persona, con una protagonista insolente, humor seco y un ritmo de persecución que no afloja.
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