Crónica de viaje escrita en primera persona por un comerciante español que en 1889 acepta representar a una casa inglesa en la India y embarca en Londres rumbo a Calcuta.
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Crónica de viaje escrita en primera persona por un comerciante español que en 1889 acepta representar a una casa inglesa en la India y embarca en Londres rumbo a Calcuta. Entre el diario de a bordo y el cuaderno de observación, el relato recorre el Mediterráneo, el canal de Suez, el mar Rojo, Adén y Ceilán, alternando la descripción del paisaje con el retrato de las gentes, los puertos y las costumbres religiosas que encuentra a su paso. El resultado es un itinerario donde el negocio es apenas el pretexto y la verdadera materia es la mirada: curiosa, irónica y abiertamente personal.
En octubre de 1889, un español con experiencia previa en las posesiones asiáticas acepta la representación de una casa comercial inglesa en la India y se embarca en Londres a bordo de un vapor con destino a Calcuta. Desde esa premisa mínima —un encargo mercantil, una travesía larga— arranca un libro de viajes organizado como diario, con fechas al margen y capítulos que avanzan al ritmo de las escalas.
La primera parte del trayecto es marítima y funciona casi como un inventario del mundo visto desde cubierta: el peñón de Gibraltar, que despierta en el narrador una reacción política inmediata; La Valeta; Creta reducida a roca árida; la costa de Egipto y el faro de Port Said; el canal de Suez con sus estaciones de señales, sus jardincillos y su prodigio de ingeniería atravesando el desierto. Después llega el mar Rojo, y con él el calor como personaje: los pasajeros yacen bajo toldos dobles, la luz hiere, el termómetro convierte la travesía en una prueba de resistencia que el autor narra con humor resignado.
Adén ocupa un capítulo de tono más áspero y más cómico a la vez: roca volcánica sin lluvia ni vegetación, agua mineral pagada a peso de plata, bazares donde se cruzan somalíes, malayos, chinos, judíos y árabes, y niños que se lanzan al agua a recoger chelines. A bordo, el narrador observa con distancia crítica la sociedad británica en miniatura que se organiza en veinte metros de cubierta, con sus círculos incomunicados y su etiqueta imperturbable, y traba amistad con un italiano errante cuya biografía —pescador de perlas, relojero, corresponsal— vale por una novela.
El tramo más denso llega con Ceilán. Colombo aparece como un parque inmenso donde las casas se esconden entre la fronda; el ferrocarril a Kandy atraviesa selva virgen, arrozales y cafetales; y en Kandy el relato se detiene largamente en el templo del Diente de Buda, en la higuera sagrada, en la disciplina cotidiana de los monjes y en las cinco meditaciones que estructuran su vida interior. La visita nocturna a la ofrenda de flores, con gongs, incienso y un ídolo de cristal apenas visible en la penumbra, es una de las páginas de mayor intensidad descriptiva. Una excursión a las ruinas de Anuradhapura y Dambulla completa el capítulo con la impresión de una civilización antigua y monumental.
A lo largo de todo el libro conviven dos registros. Uno es el del cronista práctico que anota fechas, temperaturas, distancias, precios y operaciones comerciales. El otro es el del lector culto que digresiona sobre historia, arquitectura, botánica y religión comparada, y que llega a extenderse en una exposición razonada del pensamiento budista sobre la impermanencia y la ilusión del yo, contrastándolo con la filosofía europea de su tiempo. Entre ambos registros asoma constantemente el temperamento del narrador: nacionalista a ratos, burlón con frecuencia, capaz de pasar del sarcasmo sobre el frac inglés a la admiración sincera ante la cortesía de la gente de Kandy.
Es, en suma, un testimonio de época que interesa tanto por lo que describe como por quién lo describe: la ruta imperial de Suez en pleno funcionamiento, las colonias europeas recién estrenadas, el Oriente asiático tal como se ofrecía a un viajero español de finales del siglo XIX, con sus prejuicios, sus entusiasmos y su curiosidad genuina intactos sobre el papel.
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