En la mañana de Navidad, Sarah Barnard encaja un golpe de su yegua negra frente a unas caballerizas vacías: el divorcio y el cartel de «Se vende» han desmantelado en pocos meses su casa, su negocio de rutas ecuestres y su lugar en un…
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En la mañana de Navidad, Sarah Barnard encaja un golpe de su yegua negra frente a unas caballerizas vacías: el divorcio y el cartel de «Se vende» han desmantelado en pocos meses su casa, su negocio de rutas ecuestres y su lugar en un pueblo donde todos miran. En lugar de sentarse a la mesa familiar, carga una cesta navideña, un rifle sin licencia y sube a la sierra. Allí, los animales del monte ya han empezado a huir de algo que ella todavía no sabe nombrar.
La novela arranca con un impacto literal: el hueso del morro de una yegua contra la mandíbula de su dueña, sangre en los puños de la camisa, piedrecitas clavadas en las palmas. Sarah, treinta y cinco años, se levanta del polvo de su propio patio y comprueba que sigue teniendo los dientes en las encías. El daño real, sin embargo, no está en la cara: alrededor de ella se extienden caballerizas vacías, cobertizos barridos, estanterías despejadas y un letrero inmobiliario que anuncia con letras rojas el «triplete» de casa, parcela y negocio consolidado. La finca en la que plantó robles pensando que los vería crecer está a la venta, y el matrimonio que la sostenía se ha deshecho por infidelidad.
Es el 25 de diciembre. Al otro lado de la carretera una niña estrena una moto infantil con astas de reno; en la cocina de Sarah no hay adornos, solo un montón de felicitaciones sin abrir dirigidas a una pareja que ya no existe y un padre que truena por el altavoz del móvil exigiendo su presencia en la comida familiar. Sarah cuelga. Vacía la cesta navideña que le regalan los distribuidores de pienso en una mochila —pudin, jamón, queso, licor, calmantes—, saca de detrás de los asientos de su vieja Ford F100 un rifle desgastado del que casi nadie sabe nada, ensilla a la yegua y toma el atajo hacia la sierra de Mortimer, lejos de las pocas calles de Lauriston y de sus habladurías.
El monte que atraviesa está descrito con precisión de quien lo conoce: eucaliptos de cuarenta metros, fresnos como columnas, helechos de color verde lima, un mapa turístico que miente sobre la escala de lo salvaje y una cabaña cerrada por reformas donde, según la leyenda local, está enterrado un bandido. También hay señales que no encajan. Alguien ha cortado la cadena del candado y ha subido en vehículo. No cantan los pájaros ni croan las ranas. Una yegua habitualmente docil se niega a desviarse del camino principal. Las mimosas se cubren de hormigas que trepan hacia las ramas altas; ualabíes, un equidna, una serpiente y un ciervo cruzan en la misma dirección, indiferentes al caballo y a la mujer. No huele a humo —el verano ha sido húmedo, la flecha del cartel de riesgo sigue en verde—, pero una masa de nubes negras descarga sobre las cumbres y el móvil, cuando por fin encuentra cobertura, parpadea un aviso de lluvias intensas.
Lo que llega no es una tormenta que se acerca, sino un muro de agua que aparece donde un segundo antes no había nada: un torrente que ocupa el barranco de pared a pared y pone vertical un árbol arrancado de raíz. Con Sarah, la yegua y el ciervo todavía sobre los tablones, el puente del río de las Truchas empieza a astillarse y a separarse de la orilla. Hasta ese instante, la mujer que subió a la montaña con un rifle y una comida para uno buscaba dentro de sí «un motivo para seguir adelante»; la crecida le impone otro tipo de pregunta, mucho más simple y mucho más urgente.
Novela de suspense de ambiente rural australiano, sostenida por una prosa física y observadora, donde el duelo íntimo —el divorcio, la vergüenza en un pueblo pequeño, la pérdida de una forma de vida— se mide contra una naturaleza que no negocia. El vínculo entre Sarah y su yegua, un animal negro, receloso y con un pasado que explica sus miedos, funciona como el hilo emocional de un relato que se abre con un golpe y se cierra, en estas primeras páginas, con el suelo desapareciendo bajo los pies.
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