Veintiún relatos breves que recorren el amor, el miedo y las apariencias en escenarios que van del Ceuta de finales del siglo XIX a una cita a ciegas contemporánea.
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Veintiún relatos breves que recorren el amor, el miedo y las apariencias en escenarios que van del Ceuta de finales del siglo XIX a una cita a ciegas contemporánea. Jesús Porteiro alterna el romance, el suspense doméstico y lo sobrenatural para preguntarse qué sostiene a una persona cuando lo que cree saber se derrumba. Historias autónomas, de lectura rápida, unidas por un mismo interés: el instante en que alguien decide enfrentarse a lo que más teme.
«A solas con mi miedo» reúne una veintena larga de relatos que comparten una obsesión común: el momento exacto en que la certeza se quiebra y alguien queda frente a sí mismo, sin nadie que lo acompañe.
La colección se abre con «1892», una historia enmarcada entre dos inviernos ceutíes. En 1932, una anciana enferma recuerda; en 1892, la joven Carmen cose trajes para militares en la Playilla mientras un repartidor de pan, José, empieza a llamar a su puerta cada mañana. Entre ambos crece un afecto tímido, hecho de flores robadas y miradas cómplices, hasta que la insistencia de un oficial acostumbrado a no escuchar negativas convierte una casa modesta en el escenario de un enfrentamiento cuyo eco durará cuarenta años. La cicatriz que sobrevive a esa noche es también la forma que tiene el libro de definir el amor: no como ausencia de miedo, sino como aquello que se sostiene a pesar de él.
Otros relatos trasladan esa tensión a interiores contemporáneos. En «Apariencias», un hombre enfermo, dependiente de sus muletas, interpreta los silencios y las llamadas de su mujer como pruebas de una traición, y deja que los celos lo empujen hasta un límite del que solo lo rescata el azar de una puerta que se abre a tiempo. En «Cena para veinte», un joven llega bajo la lluvia a una mansión donde una marquesa preside cada noche la misma cena con veinte comensales invisibles; buscando entender por qué murió su padre, encuentra cartas, billetes de avión sin usar y una escena que se repite desde hace treinta años. Y en «Cita a ciegas», dos desconocidos comparten mesa en un restaurante y descubren que la oscuridad que los define puede ser, también, un lugar habitable entre dos.
A lo largo del volumen se suceden espejos de esa misma inquietud —maniquíes, muñecas de porcelana, máquinas de escribir viejas, rodajes que salen mal, sueños que continúan después de la muerte—, siempre narrados con frase corta, diálogo directo y desenlaces que reordenan lo leído. Cada pieza puede leerse por separado; juntas trazan un catálogo íntimo de los miedos cotidianos: perder a quien se ama, no ser suficiente, descubrir que la propia historia era otra.
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