Un hombre de fortuna fallece dejando una mansión lúgubre como escenario de su último deseo. Su testamento impone una condición extraordinaria: la familia debe convivir bajo el mismo techo o será desheredada.
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Un hombre de fortuna fallece dejando una mansión lúgubre como escenario de su último deseo. Su testamento impone una condición extraordinaria: la familia debe convivir bajo el mismo techo o será desheredada. Pero lo que comienza como una convivencia forzada entre parientes conflictivos se transforma rápidamente en una pesadilla de crímenes, donde nadie está seguro y cualquiera podría ser el culpable.
En la avenida General Paz de Buenos Aires se alza una mansión imponente, rodeada de hierro labrado y custodiada por perros de raza. Durante décadas, el millonario Simón Gómez Pagano transformó esta casa desolada en su refugio privado, alejándose del mundo para administrar en silencio un imperio comercial que se extendía desde Argentina hasta Brasil. Cuando Simón Gómez Pagano fallece, la mansión recibe visitas inesperadas. Ernesto P.P. Torne, un abogado penalista de reputación envidiable, llega con el testamento bajo el brazo. No se trata de un trámite ordinario. La familia reunida en la biblioteca descubre que la voluntad del difunto contiene una cláusula perturbadora: para heredar, deben convivir en la mansión durante un período determinado. Quien se niegue será desheredado sin contemplaciones. A regañadientes, aceptan. Así comienza una convivencia forzada entre parientes que nunca se amaron, entre rivales que se desprecian mutuamente. En los salones de la mansión lúgubre, donde la hiedra cubre las paredes como un sudario vegetal y el frío cortante penetra cada rincón, sucede lo inevitable: los asesinatos. Uno a uno, los herederos comienzan a desaparecer o a caer bajo circunstancias misteriosas. La mansión que fue refugio se convierte en trampa. Las puertas se cierran, los criados observan con ojos desconfiados, y cada miembro de la familia sospecha de los demás. En la biblioteca donde resonó la lectura del testamento, ahora resuena otra verdad más antigua: la codicia es un asesino silencioso. ¿Quién es el culpable?
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