Relato en primera persona de la travesía con la que una navegante neozelandesa se propuso dar la vuelta al mundo a vela, sola, entre septiembre de 1977 y junio de 1978.
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Relato en primera persona de la travesía con la que una navegante neozelandesa se propuso dar la vuelta al mundo a vela, sola, entre septiembre de 1977 y junio de 1978. El diario de a bordo —averías, temporales, un vuelco frente al Pacífico Sur, el paso del Cabo de Hornos— se entrelaza con la historia íntima de cómo una niña tímida criada en una granja lechera llegó a concebir semejante empresa.
El libro se abre con un diario de a bordo escueto y casi telegráfico: salida de Dartmouth, el encuentro caótico con las Canarias, la avería de la radio, la muerte del gato de a bordo, la rotura del piloto automático que obliga a una arribada forzosa, la Navidad entre los «barbas grises» del sur, un palo averiado, un vuelco y, al fin, el cruce de la línea de meta con un récord batido. Esa lista de fechas funciona como esqueleto de todo lo que viene después: cada entrada anuncia un episodio que el relato desplegará con detalle.
El cuerpo del texto alterna dos tiempos. Por un lado, la navegación misma, narrada desde la intemperie: la autora encogida junto al timón, escrutando el cielo en busca de un matiz rojizo que prometa una noche sin borrasca, calculando las mil millas que aún la separan del Cabo de Hornos y descubriendo que ya no piensa en llegar, sino en dejar pasar los días de uno en uno. Por otro, la reconstrucción de una biografía que nada anunciaba: una infancia aislada en los verdes prados de Hawkes Bay, en Nueva Zelanda, entre kilómetros de campo, caballos heredados y libros leídos como si sus personajes fueran reales; una escolaridad indiferente abandonada a tiempo para un aprendizaje de peluquería; y luego los años europeos —Londres, el Tirol, Viena— con sus trabajos provisionales, sus clases nocturnas y una obstinada sensación de estar buscando algo que aún no sabía nombrar.
El giro llega por azar, en un muelle de Saint Malo, cuando una invitación a tomar café la lleva a bordo de un velero que ya había dado la vuelta al mundo y al encuentro del hombre que sería su marido y su maestro de navegación. A partir de ahí el relato traza con precisión el camino que va del mareo y la incapacidad de distinguir la proa de la popa hasta la decisión, tomada casi en secreto, de intentar la circunnavegación en solitario. La autora es franca sobre lo que la frenaba —el pavor a caer por la borda, la falta de dinero, la falta de tiempo— y sobre el código personal, forjado en pequeñas osadías infantiles, que le impedía retroceder una vez enunciado el propósito.
Un prólogo firmado por el navegante que le prestó el barco sitúa la empresa en su contexto: las burlas de los veteranos, la dificultad de conseguir patrocinadores y provisiones, y el trabajo colectivo de amigos, parientes y empresas sin el cual ninguna travesía larga en solitario prospera. También marca el tono con que la propia autora encara su historia: la vuelta al mundo no se emprende como bandera de nada, sino por la razón difusa que empuja a algunos a escalar montañas o a medirse con los elementos.
El resultado es un libro doble: crónica marítima de resistencia y avería, y relato de formación sobre alguien que decidió elegir su futuro en lugar de aceptarlo. La escritura es sobria, atenta al detalle técnico y al mismo tiempo dispuesta a registrar el miedo, el tedio, la depresión de los días malos y los pequeños consuelos —una tormenta sobrellevada a fuerza de canciones, la amabilidad encontrada en un puerto, unos repuestos conseguidos a tiempo— que hacen posible seguir adelante.
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