En el Berlín del invierno de 1944, una noche de bombardeos convierte el jardín zoológico en un campo de ruinas humeantes. Vera, conservadora nacida en Australia y casada con Axel Frey, director del zoo, sale del refugio antiaéreo para…
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En el Berlín del invierno de 1944, una noche de bombardeos convierte el jardín zoológico en un campo de ruinas humeantes. Vera, conservadora nacida en Australia y casada con Axel Frey, director del zoo, sale del refugio antiaéreo para descubrir que dos tercios de los animales han muerto y que su villa ha desaparecido. Steven Conte narra, con una prosa contenida y atenta al detalle, la pérdida de un mundo y la obstinación de quienes intentan sostener lo que queda de él.
Suenan las sirenas y los reflectores barren el cielo sobre el Tiergarten. Vera desciende con su marido, Axel, y el viejo cuidador jefe Winzens a un refugio excavado bajo la glorieta del zoológico de Berlín; se tapan los oídos con tiras de papel mojado y muerden el corcho que llevan atado al cuello mientras la artillería sacude la tierra. Esa noche el bombardeo no se parece a ninguno anterior. Cuando por fin logran desencajar la puerta blindada, el aviario arde como una pira, el acuario está reventado y una cebra envuelta en llamas cruza al galope los escombros de la puerta de entrada antes de perderse en la oscuridad.
A partir de esa noche, la novela sigue el inventario paciente de la pérdida. Vera recorre una ciudad irreconocible —cocinas de campaña en los cruces, mensajes escritos con tiza en las fachadas, un hombre tocando Bach en una casa sin paredes— para hacer cola en un gimnasio requisado por la Oficina de Damnificados por Ataques Aéreos, donde un fabricante prusiano y prepotente detecta su acento extranjero y decide señalarla ante la policía. Axel, entretanto, camina entre las jaulas de los carnívoros y los tanques rotos del acuario contando a sus muertos: los leones, el tigre criado allí desde cachorro, las jirafas que una desconocida en la fila recuerda de su infancia. Un cocodrilo herido en el vestíbulo lo enfrenta a un gesto que ya no se siente capaz de hacer.
El zoo es a la vez escenario y personaje. Axel lo heredó de su padre —un coleccionista de la era imperial cuyas fotografías siguen colgadas en el despacho— y llegó a dirigir una institución que había sobrevivido a la Gran Guerra y a la Depresión. La guerra la fue erosionando por etapas: el racionamiento, los cuidadores llamados a filas, los niños evacuados de la capital, los animales africanos que ya no resistían el frío. Las bombas solo rematan una decadencia larga. Sin animales que mostrar no hay visitantes, y sin visitantes no queda más que la esperanza incierta de una subvención.
En el centro está Vera: llegada de Australia en 1934, alemana por naturalización y extranjera por acento, propietaria de un penique con un canguro que es casi lo único que conserva de su tierra. Se había prometido resistir la guerra si al menos respetaban su casa, y ahora comprueba lo absurdo de aquel pacto consigo misma. La sostienen dos presencias: la serenidad de Axel, forjada en las trincheras de la otra guerra, y la de Flavia, amiga del mundillo teatral que gorronea canapés en las legaciones diplomáticas, celebra los bombardeos para provocar y les cede su cama con una generosidad que Vera no sabe cómo devolver.
Conte escribe una novela de guerra sin frente ni batallas, hecha de refugios, colas administrativas, ceniza en el aire y cuerpos alineados en la acera. El pulso de la historia está en la tensión entre el cuidado y la aniquilación: personas que apagan incendios y curan quemaduras sabiendo que casi todos los animales morirán igual, en una ciudad que aún se dice invencible mientras se hunde. El resultado es un retrato preciso de lo que significa ser extranjera en el país equivocado, y de cómo una vida entera puede caber en las cosas que uno alcanza a rescatar de un despacho en llamas.
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