Londres, 1891. La noticia de la desaparición de Sherlock Holmes en las cataratas de Reichenbach llega hasta un orfanato perdido en un páramo del sur de Inglaterra, y allí enciende una certeza: David Pip, huérfano desde la Navidad en que lo…
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Londres, 1891. La noticia de la desaparición de Sherlock Holmes en las cataratas de Reichenbach llega hasta un orfanato perdido en un páramo del sur de Inglaterra, y allí enciende una certeza: David Pip, huérfano desde la Navidad en que lo dejaron en la puerta con una nota, está convencido de ser el hijo secreto del detective. Con su amigo Calum Traddles —al que ha rebautizado Watson— planea una fuga imposible de Montague Hall para llegar a la capital y encontrar a su padre. Una aventura de humor negro y tono folletinesco, narrada por una voz cómplice que interrumpe, digresa y guiña al lector.
Montague Hall fue prisión antes de ser Institución para la Infancia Abandonada, y conserva de aquella etapa los muros, la humedad y la costumbre del castigo. Se levanta en medio de un terreno pantanoso al que llaman la Ciénaga de la Muerte y del Tormento, un lugar de figuras blancas, luces errantes y flautas invisibles que ninguna leyenda ha querido desmentir. Dentro reina sor Ebenezer de Baskerville, y fuera —eso dicen— vigila un mastín negro que quizá exista y quizá no.
En esa casa crece David Pip: flaco, tajante, seguro de sí mismo hasta la insolencia, tan poco simpático a los demás niños como imposible de doblegar para la superiora. Ha aprendido el método deductivo leyendo en los periódicos los casos del mayor detective de Londres, y de esa lectura ha extraído una convicción que no admite discusión: Sherlock Holmes es su padre, y no ha venido a buscarlo simplemente porque ignora que tiene un hijo. Cuando el titular del Times anuncia la desaparición de Holmes cerca de Reichenbach, David no lee una tragedia sino una convocatoria. Hay que huir esa misma noche.
Le acompaña Calum Traddles, glotón, miedoso y leal, a quien todos llaman Bola de Grasa Rodante y solo David llama Watson; y les ayuda, inesperadamente, Willy Chuzzlewit III, el espía de la superiora, que roba la llave del portón sabiendo muy bien lo que ese gesto le costará. Descartados dos planes de fuga —el túnel excavado con cucharas, la cuerda trenzada con pelo de huérfanos—, solo queda el tercero, y ni siquiera ese sobrevive al primer contacto con la realidad: entre la lluvia torrencial, el barro del patio y unas fauces incandescentes, la salvación llega por vías que ningún razonamiento podía prever, caída literalmente del cielo.
Más allá de la verja, el páramo prolonga la prueba. Perdidos en círculos alrededor del mismo matorral, los dos fugitivos son recogidos por una muchacha descalza que se refugia en una cabaña con su hermanastro, y que responde al nombre de Catherine Earnshaw; él llega empapado, con un caramillo de junco en la mano y la espalda marcada por los azotes de su hermano. En esa cabaña las supersticiones de la ciénaga se desarman una a una ante la mirada de David —una falda blanca, una linterna con el cristal pintado, una flauta de junco—, mientras Heathcliff, que reconoce el olor del orfanato porque también lo llevó encima, decide ayudarles a llegar a Londres aunque le cueste otra tanda de castigos.
El relato avanza así, entre el pastiche literario y la parodia afectuosa: nombres tomados del gran repertorio decimonónico, un aeronauta holandés que sobrevuela la tormenta y pierde a su gata, un narrador que se detiene a puntualizar minucias, a reñir al lector o a anticiparle que ciertas preguntas solo se responden si sigue leyendo. Bajo la broma persiste, sin embargo, un núcleo serio: la orfandad como herida y como motor, la amistad entre un chico que necesita mandar y otro que necesita creerle, y una deducción sostenida más por la voluntad que por las pruebas. David Pip no busca resolver un caso; busca un padre, y ha decidido que el mejor y más honrado de los hombres no puede haber muerto, solo desaparecido.
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