Annie Walsh, médica de urgencias, huye a un pueblo costero de Rhode Island para escapar de la boda de su exprometido, y descubre que la cabaña que ha alquilado pertenece a un reportero de guerra que acaba de volver a casa.
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Annie Walsh, médica de urgencias, huye a un pueblo costero de Rhode Island para escapar de la boda de su exprometido, y descubre que la cabaña que ha alquilado pertenece a un reportero de guerra que acaba de volver a casa. Comedia romántica sobre segundas oportunidades, orgullo herido y dos desconocidos obligados a compartir techo.
Anh Nhi Walsh —Annie para casi todo el mundo— tiene un talento peculiar: ayuda a los hombres a convertirse en buenos maridos, siempre de otras mujeres. Cuatro de sus cinco últimas parejas encontraron el amor de su vida a los pocos meses de romper con ella. La quinta se casó con su novio del instituto. Y Clark, el cirujano metódico que le prometió que la búsqueda había terminado, desapareció una mañana dejando un mensaje de texto, un armario vacío y, semanas después, una publicación en redes anunciando que por fin había encontrado a su amor verdadero.
Tres meses más tarde, Annie descubre que la humillación admite mejoras. El vestido de novia de su abuela Hannah, seda irlandesa de 1941 y la única forma que tenía de llevar consigo a la persona más importante de su vida, ha sido reformado para la nueva prometida. El lugar de la ceremonia —reservado con la mitad de su presupuesto, elegido porque era la fecha en que se casaron sus abuelos— también ha cambiado de novia. Y la fianza que Annie adelantó sigue sin volver a una cuenta que lleva diez mil dólares en números rojos.
Su plan de fuga tenía cierta lógica etílica: aceptar una plaza temporal en Roma. La confusión se aclaró tarde. No la Roma del Tíber, sino Roma, Rhode Island, a orillas de la bahía de Buzzards. Allí, en una cabaña de alquiler que ha llenado de cojines, velas de violeta y luces titilantes colgadas de la cornamenta de un alce disecado, Annie intenta convencerse de que ha empezado de cero.
Hasta que una noche encuentra a un desconocido en su dormitorio. Emmitt Bradley es periodista, acaba de salir de tres semanas en una UCI de Shenzhen después de que estallara la fábrica sobre la que investigaba, y ha vuelto en secreto a la única casa donde consigue estar en paz. Su casa. La que Annie ocupa desde hace seis semanas, y donde lleva ese tiempo anotando en pósits los recados de una larga lista de mujeres que llaman preguntando por él.
Lo que sigue es un choque entre dos personas que se han pasado la vida cuidando de todos menos de sí mismas: ella con una calma clínica que le sirve para diagnosticar los miedos ajenos antes de que sus dueños los adviertan, y él con una sonrisa profesional capaz de tranquilizar, intimidar o seducir según convenga. Ninguno de los dos está en condiciones de compartir techo. Ninguno de los dos tiene otro sitio adonde ir.
Con un humor rápido, diálogos afilados y una ternura que aparece justo cuando la ironía baja la guardia, esta novela habla de las heridas que dejan las despedidas mal hechas, de lo que cuesta reclamar lo propio y de la posibilidad —incómoda, inoportuna, insistente— de que el amor aparezca en el peor momento posible y en la cama equivocada.
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