En pleno distrito diamantífero de Londres, la persecución fallida de un ratero descubre algo mucho peor: un hombre asesinado de una sola cuchillada entre dos autos estacionados.
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En pleno distrito diamantífero de Londres, la persecución fallida de un ratero descubre algo mucho peor: un hombre asesinado de una sola cuchillada entre dos autos estacionados. A partir de ese hallazgo casi accidental, Maurice Procter arma en «A punta de lanza» una investigación policial que empieza como un trámite menor de comisaría y termina abriéndose hacia el contrabando internacional de piedras en bruto, con Scotland Yard siguiendo un rastro que va de Hatton Garden a las minas sudafricanas.
Una tarde luminosa de un día cualquiera, un agente de ronda de la División E cree ver a alguien agazapado entre los coches estacionados en una calle angosta de Holborn. El sospechoso —un hombre ágil, de gorra llamativa— huye por los muros divisorios con destreza casi acrobática, le arrebata la cámara a una joven que intenta fotografiarlo, le quita el rollo y se pierde en el laberinto de un mercado vecino. El policía vuelve sobre sus pasos convencido de que el episodio no merece siquiera un informe: nadie denuncia nada, no hay botín, apenas habrá algún raspón en la chapa de un auto. Entonces encuentra el cadáver.
El muerto es un hombre joven, sin documentos ni etiquetas en la ropa, con el abrigo y la camisa revueltos como si alguien lo hubiera registrado a las apuradas. Una sola herida, asestada con una hoja ancha y una violencia desmedida, bastó para matarlo. El caso pasa a la Brigada de Homicidios y recae en el inspector Traill, un hombre corpulento, seco y de mirada difícil de sostener, acompañado por el sargento Dacre, más joven y más diplomático. La geografía del crimen ya insinúa la dirección de la trama: a pocos metros están las oficinas discretas donde se compran, se pulen y se clasifican las piedras que llegan de África.
La autopsia informal en la morgue entrega la primera pieza real del rompecabezas: adherida al muslo del cadáver, una bolsita de gamuza con dos docenas de diamantes sin tallar, seleccionados uno por uno por tamaño y forma. Casi enseguida aparece quien puede ponerles nombre. El jefe de seguridad británico de una gran asociación distribuidora sudafricana identifica a la víctima como uno de sus propios agentes, enviado meses atrás a Sudáfrica bajo una identidad falsa para infiltrar la red que estuvo detrás de un asalto millonario en Kimberley. El hombre había vuelto al país el día anterior, traía algo que mostrar y una cita pendiente, y no llegó a ninguna de las dos.
A partir de ahí la novela se organiza como lo que es: un procedimiento policial paciente y sin atajos. Traill interroga a todo el edificio de la compañía, del portero al director gerente, y descubre que cada respuesta abre una puerta lateral. Están las coartadas demasiado prolijas y las que se niegan a formularse por razones íntimas; está la línea telefónica privada que fallaba cada tanto y pudo haber sido escuchada; están los empleados africanos de la casa, sobre quienes recae de inmediato una sospecha que el propio relato se encarga de exhibir en su incomodidad. Y están los sótanos: uno impecable, blindado, con una puerta de acero que nadie quiere abrir ni ante una orden judicial; el otro sucio, con una caldera de carbón y ropa vieja colgada de un clavo, donde una linterna termina iluminando aquello que alguien creyó bien escondido.
Procter escribe con la eficacia de quien conoció el oficio desde adentro: diálogos cortos, humor áspero entre policías, ninguna concesión a la genialidad deductiva. Lo que sostiene la intriga no es un detective infalible sino la acumulación de detalles menores —una película robada, una gorra roja y blanca, un vendaje en un muslo, una testigo que prefiere no dar su nombre— hasta que el conjunto empieza a tener una forma inquietante. Y detrás de todo, la pregunta que vuelve una y otra vez: qué pasa cuando la mercancía más valiosa del mundo viaja escondida, sin declarar, y la línea entre el custodio y el contrabandista se vuelve tan fina como el filo que mató a un hombre en plena tarde londinense.
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