Seis meses después de enterrar a su mujer, Albert Schmidt —abogado jubilado, sesenta años, una casa frente a los campos de Bridgehampton— escucha de labios de su hija Charlotte que va a casarse.
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Seis meses después de enterrar a su mujer, Albert Schmidt —abogado jubilado, sesenta años, una casa frente a los campos de Bridgehampton— escucha de labios de su hija Charlotte que va a casarse. El novio es Jon Riker, el joven brillante al que él mismo apadrinó en su antiguo bufete. Louis Begley construye a partir de esa mañana de sábado el retrato de un hombre que descubre, mientras repasa cotizaciones y cálculos de impuestos, que la vida que creía llevadera se le está desmontando pieza por pieza, y que dentro de él anidan prejuicios que hasta ahora no había tenido ocasión de reconocer.
La novela arranca con una escena doméstica de una sencillez engañosa: Schmidt desayuna en la cocina, con el periódico abierto por la tabla de fondos de inversión, cuando su hija entra sudada de correr y le anuncia su boda. Él dice que se alegra, pregunta la fecha y rompe a llorar. Es la segunda vez que llora en su vida adulta; la primera fue la tarde en que un especialista le explicó, con delicadeza profesional, que operar a Mary no serviría de nada. Entre aquel llanto y este median una enfermedad larga, una jubilación anticipada negociada sin dignidad y una casa demasiado grande.
Esa casa es el eje material del libro. Perteneció a Martha, la tía que crió a Mary tras quedar huérfana, y pasó a la hija; por consejo de un abogado de patrimonios, Mary la dejó a su marido en usufructo vitalicio, de modo que Schmidt vive en una propiedad que en rigor es de Charlotte. Begley deja que su protagonista piense en voz baja sobre exoneraciones, impuestos de donación, bonos municipales y el pago que su antiguo bufete le suspenderá al cumplir los setenta, y en ese inventario contable va apareciendo lo que de verdad se está calculando: cuánto vale seguir siendo padre cuando ya no se es marido, y cuánto cuesta comprar el derecho a marcharse con la cabeza alta.
El futuro yerno es el catalizador. Riker no tiene nada objetable: trabaja mucho, litiga bien, será un socio útil. Precisamente por eso Schmidt no encuentra un solo reproche presentable, y su rechazo se le vuelve por dentro hasta destaparse en una palabra que él mismo no esperaba pronunciar. La novela no le concede a su protagonista ninguna coartada ni lo condena desde fuera: se limita a mostrar cómo un hombre correcto, que jamás obstaculizó a nadie, descubre que la tolerancia que practicaba en el bufete y en el club era barata mientras no llegara hasta su propia mesa.
Alrededor de ese conflicto se despliega un mundo hecho de detalles observados con precisión casi entomológica: los jardineros ecuatorianos rastrillando manzanas caídas, la caseta de la piscina convertida en territorio prohibido donde la hija desayuna con su amante, el sótano impecable con las herramientas heredadas del padre, el pañuelo limpio que se reserva para una emergencia nunca definida. Begley escribe la viudez y la irrelevancia como se escribe una liquidación de bienes, con ironía seca y sin autocompasión, y de ese contraste entre la contabilidad meticulosa y el desamparo que la sostiene surge la fuerza del libro.
Más que una historia de acontecimientos, esta es la crónica de una posición que se derrumba: la del patriarca de clase alta del este de Estados Unidos que, retirado antes de tiempo y despojado del papel que le daba forma, tiene que decidir qué hacer con los años que le quedan y con la única persona que aún lo ata al mundo.
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