Un profesor de treinta y siete años, padre de una niña pequeña y a la espera de un segundo hijo, atraviesa un verano en el oeste de Massachusetts registrando, con humor seco y una atención casi forense, las minucias domésticas y los…
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Un profesor de treinta y siete años, padre de una niña pequeña y a la espera de un segundo hijo, atraviesa un verano en el oeste de Massachusetts registrando, con humor seco y una atención casi forense, las minucias domésticas y los terrores que se esconden detrás de ellas.
Abbott vive en el valle de Pioneer, tiene una hija de dos años, una mujer embarazada de seis meses que no consigue dormir, un perro amarillo aterrorizado por prácticamente todo lo existente y un montón de exámenes finales a medio corregir. Es verano y está de vacaciones, lo que significa que dispone de una cantidad desmesurada de tiempo para observar su propia vida y sacar de ella conclusiones que no lo consuelan.
La obra avanza por episodios breves y numerados, cada uno construido alrededor de un incidente insignificante: una excursión a una tienda de animales donde descubre cangrejos ermitaños con el caparazón pintado, un intento fallido de dar una voltereta en la alfombra del cuarto de estar, un semáforo estropeado en el que unos desconocidos improvisan un turno cortés y espontáneo, el lavado de una trona en el camino de entrada, una madrugada dedicada a comprobar si el ruido del papel higiénico al desenrollarse explica el pánico nocturno del perro. Nada de esto es, en apariencia, materia narrativa. Y sin embargo cada escena se abre hacia otra cosa: la evolución humana como accidente estadístico, la pornografía como el uno por ciento de internet, un orfanato de Chernóbil fotografiado dos décadas después, el mal funcionamiento del equipo militar, un año futuro pronunciado en voz alta que suena a presagio.
El procedimiento es siempre el mismo y nunca se agota. Abbott parte de un objeto doméstico, lo examina hasta que cede y encuentra debajo el vértigo. La paternidad aparece aquí sin sentimentalismo ni denuncia: es agotadora, borra al sujeto, obliga a decir «no» cuando los expertos aconsejan no decirlo, y produce a la vez una gratitud que solo puede formularse como paradoja —de haber sabido lo que era, no lo habría hecho, y entonces no tendría a esa niña—. El matrimonio se retrata con la misma precisión oblicua: la novela describe el Mal Humor como un bien escaso que los cónyuges se disputan y se ceden, y a Abbott acaparándolo durante meses porque le parece que lo necesita más.
Hay una tensión sostenida entre la voz que quiere pensarlo todo y las dos personas que le piden, con distinta gramática, que esté presente. Su mujer se lo dice de forma directa en la mesa de la cena; su hija, exigiéndole que se siente ahí, que coja esto, que lo haga así, y no así. El libro no resuelve ese conflicto, lo administra: el humor —muy activo, muy seco— es lo que impide que la ansiedad se vuelva insoportable, y la ansiedad es lo que impide que el humor se vuelva complaciente.
El resultado es un retrato de un hombre corriente en un año corriente de su vida, escrito con la convicción de que lo corriente es exactamente donde se alojan las preguntas grandes: por qué la gente hace lo que hace, qué ha sucedido, y cómo se vive con la certeza de que casi todo lo importante ocurre una última vez sin que uno sepa que era la última.
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